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sábado, 22 de diciembre de 2012

Mozart contra las barreras sociales

La directora Inma Shara junto a sus pupilos bolivianos.

La orquesta ProArte tenía seis intrusos anoche entre sus atriles. Seis bolivianos de entre 12 y 16 años compartían música en un concierto con la orquesta española en el Museo Thyssen. El recital, de carácter solidario y bajo la batuta de la directora vasca Inma Shara, es una idea de Ayuda en Acción para potenciar la integración de los niños del pueblo boliviano de San José de Chiquitos a través de la música.

La directora viajó hace unos meses hasta Bolivia para conocer la Orquesta Juvenil Municipal donde tocan estos seis jóvenes, en una zona de larga tradición musical desde el barroco gracias a las misiones de los jesuitas en la zona, que llevaron hasta allí la música española del Siglo de Oro. “Siempre he entendido la música desde los escenarios, pero allí aprendí a entenderla en los ojos de los niños. La música como herramienta de superación de las barreras sociales”, comenta Shara.

En Bolivia todo es modesto: los instrumentos, las partituras y la propia orquesta, pero anoche estos chicos se atrevieron con Shostakóvich, Mozart o Grieg. Y eso que en su pueblo hasta hace unos años no había ni agua ni luz, y vienen de familias desestructuradas. La orquesta es su válvula de escape. “Lo que no les falta es ilusión y una madurez inusual para niños de esta edad. Es maravilloso”, confiesa la directora.

El finiquito de Milkyway

El músico catalán Guille Milkyway con el atuendo
que suele llevar en sus conciertos.

Se supone que la pose de un músico indie es precisamente no tener pose, huir de las actitudes de diva, pero esa naturalidad se traduce muchas veces como falsa modestia o la pretenciosidad. Eso no ocurre con Guille Milkyway, nombre artístico de un barcelonés nacido en 1974 cuyo proyecto más conocido es La Casa Azul. Milkyway suena dubitativo, atropellado, cuando habla, porque parece estar en permanente lucha para transmitir de manera fiel y honesta sus pensamientos.

Se diría que no tiene miedo de quedar como un bicho raro. “A mí me cuesta mucho el mundo de la noche, porque no me desenvuelvo bien y veo que la gente se comporta de manera extraña", cuenta Milkyway desde su estudio en Barcelona: “Y cuando encuentro gente que no lo hace, como Luis y Belén , los que llevan el Ocho y Medio, me siento cómodo”.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Las Ruedas cogen velocidad

Pedro San Juan, del grupo Los Ruedas.

8 de mayo de 2011. En la sala Rock Kitchen varios grupos recuerdan lo que significó el bar Agapo como templo roquero del Madrid de hace cinco lustros. “Bueno, vale. Ok, Nastassia Kinski / si no estás tú qué pinto yo”, entona sobre el escenario Pedro San Juan, líder de Las Ruedas. ¿Las Ruedas? Sí, la banda olvidada de aquella escena malasañera, sin la aureola de Los Enemigos ni la popularidad de Los Ronaldos, reflotada últimamente por San Juan: “Siempre nos movimos en el circuito underground y en sellos indie, es lógico que no se nos recuerde más allá”. Sus aún fibrosas canciones sonarán esta noche en vivo en Alcalá de Henares, buena excusa para reivindicarles tras el documental estrenado a principios de año, Predicar en el desierto: una historia de flores y ruedas. “Lo impulsaron unos chicos de Jaén que organizan en Martos el Vértigo Estival. Y su culminación coincidió, más o menos, con el aniversario del Agapo. Motivos confluyentes para el retorno”.

San Juan admite algún momento casi mainstream en la trayectoria de Las Ruedas, como el que vivieron en Salamanca en 1986: ganar el concurso de Radio Cadena Española con las cámaras de TVE en directo y los Héroes del Silencio mosqueados por la derrota. “Iban un poco de estrellas, pero ahora te das cuenta de que eran en realidad más profesionales que el resto. Quizá el jurado valoró nuestra espontaneidad”. Pese al premio, San Juan sufrió lo suyo: “El exceso de entusiasmo y la falta de costumbre de tocar en días seguidos me hicieron perder la voz para la final. No sé cómo lo conseguimos”. Y no fue la única sorpresa: “En el Villa de Madrid del año anterior concursamos en la categoría de música heavy porque el cupo de pop-rock estaba completo. Fuimos finalistas”. Hablamos de una formación para nada metalera, influida por “The Clash y el punk del 77, Chuck Berry, Gene Vincent, la new wave o los Stones”.

Puro barrio madrileño

Leiva en El templo de Susu, en el barrio de Malasaña.

1. Café Madrid. Voy mucho desde hace años. Antes me gustaba ir de noche a tomar daiquiris, ahora disfruto más por tarde tomando un vino y charlando con el dueño del local, que es un pintor genial. El café es precioso y siempre suena Sam Cooke. (Belén 7)

2. El Comunista. Me encanta este sitio. Pido pisto y me siento en la mesa del rayito de sol a leer el periódico. Me gusta ir solo y luego caminar hasta El Retiro. Lleva abierto desde 1890, por lo que tiene mucha historia. Huele y sabe al Madrid más castizo. Tiene una onda muy familiar y se come mejor que bien. (Augusto Figueroa, 35)

3. Parque del Capricho. Esta en la Alameda de Osuna, mi barrio. Una auténtica joya desconocida. Pertenecía a la finca privada de los Duques de Osuna. Mi padre me llevaba los domingos desde que tengo uso de razón y nunca he dejado de ir. No hay mes que no me acerque a perderme entre sus hermosos lilos y almendros. Allí hay miles de olores que me transportan de nuevo a mi infancia. (Paseo de la Alameda de Osuna)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Dos centenarios de postín

Georg Solti y John Cage nacieron en 1912. En Madrid se han recordado con afecto los centenarios de sus nacimientos gracias a un par de conciertos de Ibermúsica el pasado fin de semana con la Filarmónica de Londres, orquesta de la que fue director el maestro húngaro, y otro del CNDM el lunes con el joven pianista francés Bertrand Chamayou alrededor de las Sonatas e interludios del compositor estadounidense. Han sido dos homenajes muy oportunos. Tanto Solti como Cage iluminaron el desarrollo musical del siglo XX desde perspectivas tan diferentes como complementarias. Solti era un director de orquesta de una vitalidad arrolladora, tanto si afrontaba a Mozart o Beethoven como si se las veía con Verdi, Wagner, Mahler o Bruckner. Era pura pasión. Identificado fundamentalmente con la Sinfónica de Chicago, su paso por Londres fue tan esclarecedor como vibrante. En el concierto del pasado domingo Vladimir Jurowski, en cierto modo su sucesor, ofreció una lectura enérgica de la Quinta sinfonía de Mahler, después de una versión modélica de la obertura de Fidelio, de Beethoven, y de unos sugerentes Wesendonck lieder, de Wagner, con arreglos de Hans Werner Henze, contando como solista con la sensible cantante sueca Anna Larsson. La pieza ofrecida como propina -el Preludio del tercer acto de Los maestros cantores, de Wagner-, sonó de una manera magistral desde el punto de vista humanista, y quien sabe si debido a ello Solti salió del altar de la memoria y se mostró más cercano, no tanto por una imitación al pie de la letra de su manera de dirigir sino por cierta atmósfera creada por Jurowski a medio camino entre la intensidad expresiva y el sentimiento a flor de piel. Lo de John Cage es otra historia, más ligada a la evolución del arte de los sonidos y a la creación de unos horizontes imprevisibles hasta ese momento. El homenaje se realizó desde el piano. O más bien desde los pianos, incluyendo uno de juguete para la Suite for Toy Piano, de 1948. Bertrand Chamayou interpretó asimismo Child of Tree, de 1975, un solo de percusión para tiestos de cactus y otras plantas de material vegetal, con el toque conveniente de amplificación. La base del concierto fue una selección de las sonatas e interludios para piano del compositor. La resolución tuvo tanta fantasía como pulcritud. Fue un concierto en cierto modo didáctico, del que emergió en todo momento una sensación testimonial del paso del tiempo Los dos homenajes han trascendido su condición de celebración cordial, demostrando, si hacía alguna falta, que Solti y Cage continúan hoy tan vivos como en sus mejores momentos.

martes, 18 de diciembre de 2012

La madurez y el sonrojo


Se hace raro ver a Melendi en diciembre, periodo en que las barbies de extrarradio y sus reglamentarios churris suburbiales andan algo mohínos, preocupados por la primera evaluación y los engorros familiares, abrigaditos hasta las orejas y sin apenas margen para el alboroto hormonal. Claro que el ahora también animador televisivo es un artista en pos de su madurez, como ya proclamaba con su anterior Volvamos a empezar y reiteró anoche en el estreno de Lágrimas desordenadas, patrocinado por una compañía telefónica que convocó a mozalbetes monísimos y sirenas de piernas infinitas. Eso sí: La Riviera sigue sonando a rayos, por muy beautiful que sea la concurrencia.

Ramón Melendi endosó sus 11 nuevas canciones y certificó que a los más fieles les han bastado unas pocas semanas para interiorizar las letras. Un prodigio de enjundia y lirismo, sin duda. El asturiano se nos muestra lírico y enamoradizo en Tu jardín con enanitos (“Quiero que lleves tu falda y también mis pantalones”), analiza con sagacidad los resortes del desapego en Cheque al portamor (“Ahora vete en busca de aquella cartera que sostenga tus tratamientos de belleza”) y, aún mejor, se transmuta en autor concienciado en De repente desperté: “El poderoso pinta garabatos para lavarse las manos después”.

Voz rasposa y de garrafón, retratos trillados de la canallesca noctámbula, una retahíla monótona y redundante para las melodías. Ramón pretende emular el rock urbano de Extremoduro o Sabina, pero aún no ha superado la etapa de párvulos.La que corresponde intelectualmente a esas letras que pretenden ser confesionales y encallan en el bochorno. Ningún ejemplo mejor que Mi primer beso, sonrojante crónica de escozores genitales en la primera cita. Debió sentirse picaruelo y hasta incluyó guiños onanistas (“agítame antes de usarme”), pero solo suscita un sentimiento españolísimo: la vergüenza ajena.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Virtuosismo de neón


A las nueve en punto, para no perder ni un minuto, un aullido eléctrico restalla como un trueno desde bambalinas en una abarrotada La Riviera. Las primeras ráfagas son efímeras, pero premonitorias: dejan pocas dudas sobre lo que se nos avecina. Porque el caballero de sombrero negro, gafas oscuras y pantalones polícromos que al rato se adueña del escenario ya no dejará de ametrallarnos a fusas y semifusas durante dos horas muy largas. En todos los sentidos.
Steve Vai, ya lo sabrán ustedes, es un virtuoso. Un caballero capaz de pulsar más notas en la guitarra que casi cualquier otro espécimen del género humano. Ha superado en técnica a Frank Zappa, Eddie Van Halen o Joe Satriani, sus grandes mentores, y puede tocar a soplos o mordiscos, con las dos manos sobre el mástil, puntear con el instrumento a la espalda y hasta colocarse neones en las manos, el rostro (con una máscara de soldador) y todo el cuerpo paraSalamanders in the sun, de resultado más cómico que impactante. Lo suyo no es un concierto, sino un clinic, una extensa clase magistral para que su muy heterogéneo público exclame “¡ooohhh!” y pulverice las baterías de los móviles. Pero, más allá de merecer DVD metodológicos y extensos artículos laudatorios en las revistas guitarreras, Vai aporta poca música. Mucha técnica, en ocasiones asombrosamente pulcra, al servicio de la posturita.
Le escoltan el hábil y joven guitarrista Dave Weiner, la osada arpista eléctrica Deborah Henson-Conant (de cuero riguroso a sus 59 años) o un batería, Jeremy Colson, que también introduce el factor hortera del neón. Todo es tan aparentemente espectacular como, en último extremo, anodino. Salvemos algún solo apoteósico (Audience is listening), el flirteo orientalizante de Treasure island, la inusual baladaRescue me or bury me. El resto es una bacanal de notas. Música para una Expo.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Madrid era Leipzig


Todo empezó en 2004. Oscar Gershensohn con La Capilla Real de Madrid y Alberto Martínez Molina con Hippocampus unieron sus fuerzas para desarrollar en iglesias y recintos históricos de la capital un ciclo con la integral de las cantatas y otras obras de música religiosa de Bach. Este fin de semana culmina la extraordinaria experiencia- 150 conciertos, casi 70.000 espectadores- con la primera de las cantatas de Navidad, la BWV 248, la BWV 143 y la popular BWV 147. De esta última se invitó al público, que abarrotaba ayer la parroquia del Perpetuo Socorro, de la calle de Manuel Silvela, a cantar como propina el coralJesus bleibet meine Freude, de la BWV 147 -se repartieron partituras- en una atmósfera de alta tensión emocional, que propició las lágrimas tanto del público como de excelentes instrumentistas como Ruth Verona, violonchelo, o de Elena Borderias, viola, o el nudo de en la garganta de la extraordinaria violinista Kerstin Linder-Dewan. El público respondió al reto y Madrid, por unos momentos, parecía Leipzig. Era Leipzig.
El concierto transmitió una irresistible vitalidad desde el comienzo, como si las primeras palabras del coro de la cantata BWV 248. “Regocijáos, alegraos”- fueran una contraseña. Gershensohn impuso un ritmo frenético, demostrando una gran complicidad con sus músicos y cantantes. Todos sonreían. Bach resultaba cercano, incluso familiar. Los puristas seguro que sacan más de un defecto. En esta ocasión era secundario, pues lo que más importaba era el espíritu de fiesta, de aventura artística compartida. Marta Infante e Inma Férez brillaron particularmente entre los solistas vocales. Y Alberto Martínez desde el órgano, y…Pero lo que realmente contaba era el lado solidario, colectivo. Esta tarde se pone, en la misma iglesia a las 16 horas, el punto final de esta iniciativa ejemplar, que ha contado con 21 grupos y con solistas invitados de la talla de Gustav Leonhardt y Christophe Coin. Por valentía y por tenacidad este proyecto ha sido de los de quitarse el sombrero.

sábado, 15 de diciembre de 2012

La semilla del ‘grunge’

La banda estadounidense The Meat Puppets.

Tres décadas después y 14 discos mediante, The Meat Puppets, siguen cargando con el apellido Nirvana, desde que la banda grunge les invitara a participar en el acústico de la MTV para versionar tres de sus canciones (y eso que los admirados eran ellos). Era mediados de los noventa y ya formaban parte del portafolio de la todopoderosa discográfica estadounidense SST, esa casa que se disputaban los representantes del rock alternativo. La banda de Phoenix, que visita por primera vez España, empezó con el hardcore-punk para ajustarse ahora el cinturón con el rock. Vuelven a la carretera con 12 temas —de título desconocido por el momento—. “No sé qué decir de este nuevo trabajo”, comienza Curt Kirkwood, voz y guitarra de la banda.
El desconcierto parece deberse a su reciente salida del estudio de grabación Yellow Dog de Austin (Texas). The Meat Puppets se autoproducen desde hace unos años y la carga la lleva sobre sus espaldas el hermano mayor de la banda. Kirkwood acarrea hasta la sala de grabación las canciones en sus mimbres para confrontarlas, sin pista previa, con su hermano Cris y su nuevo batería. “Su aportación es musical, se limitan a preguntar qué es lo próximo que tienen que hacer y después se van”. Este encuentro virginal termina de forjar el repertorio y lo dota de un sonido en directo que el mayor de los Kirkwood busca desde el palizón de gira que se dieron con su anterior trabajo Lollipop (2011).
Interpelado por segunda vez, el cantante termina por reconocer que este nuevo trabajo se llena de guitarras en el sonido e imaginación y cierta alegoría en las letras. “No tenemos un mensaje, solo somos una banda de rock”, afirma. “De hecho intento no decir nada, las palabras deben ser parte de la música, la excusa para tocar una melodía”.
The Meat Puppets reconocen vivir el nuevo siglo como terminaron los ochenta. Entre 1984 y 1989 entregaron cinco discos y no fue hasta 2007 cuando una etapa de parecida efervescencia creativa se ha repetido con otros cuatro trabajos. “Hemos vuelto a ese sentimiento de independencia”, reconoce Kirkwood. “En los noventa, aunque estábamos en un buen sello, se buscaban los hits, y siempre me ha parecido muy complicado hacer feliz a mucha gente. Ahora volvemos a los conciertos en los bares y como productores propios nadie nos dice qué tenemos que hacer, con tal de que no nos volvamos muy independientes”. Y esto parece que no va a suceder, aunque sus últimos cicerones hayan sido Animal Collective.
The Meat Puppets actuarán el 20 de diciembre en la sala El Sol.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Música en sus múltiples variantes


Marioneta sinfónica. Stravinski ha generado numerosos conciertos didácticos. Sus composiciones El pájaro de fuego, La consagración de la primavera o Historia de un soldado se interpretan en todo el mundo, también para el público infantil. Ahora le llega el turno a Petrushka,la historia de una pequeña marioneta que se enamora de una bailarina que no le corresponde. La Orquesta Sinfónica de Madrid interpreta la pieza bajo la batuta de Titus Engel.
Teatro Real. Pl. Isabel II, s/n. Sábado y domingo, 12.00.

Villancicos de ultramar. El coro escolar Maximiliano Kolbe es una formación intergeneracional integrada por alumnos, profesores, familias y personal del centro homónimo. Ochenta personas que ofrecen el concierto Entre dos orillas, bajo la batuta del ecuatoriano José María Álvarez, que ha seleccionado canciones hispanoamericanas.
Casa de América. Marqués del Duero, 2. Sábado, 12.30.

Siglos de música. El ciclo Música en familia de la Fundación Juan March aúna la interpretación con la explicación oral o la contextualización mediante proyección de imágenes. Este sábado, la sesión Cuadros que suenan: de la vihuela a la guitarra eléctrica propone un recorrido a través de la música de los últimos cinco siglos. Las piezas se acompañan con cuadros de cada época que reflejan el contexto en el que se crearon. Los comentarios, a cargo del pedagogo musical Pepe Rey, complementan las interpretaciones de Gerardo Arriaga, que tocará vihuela, guitarra barroca, clásica y eléctrica.
Castelló, 77. Sábado, 12.00.

Rocas espaciales. Identificar un meteorito y aprender a extraer la información que contiene es el objetivo básico de un taller para familias en el que los asistentes tendrán a su disposición varios ejemplares de estas rocas espaciales para tocarlas y reconocerlas. Un expertocazameteoritos hablará también de los últimos caídos en nuestro país y dará pistas para reconocer uno falso.
CosmoCaixa. Pintor Velázquez, s/n. Alcobendas. Sábado y domingo, 11.00 y 16.00.

De La Latina al cumpleaños de un millonario ruso

El grupo madrileño The Right Ons.

No, no les vamos a contar la fábula, mil veces oída, del grupo de rock con un ascenso fulgurante al estrellato. La de los Right Ons, como ocurre la mayoría de las veces en la vida real, es más modesta y probablemente más divertida. Porque la del quinteto madrileño es la historia de un grupo osado y sin prejuicios que, como ellos mismos dicen, se apunta “a un bombardeo”. Hace unos años, el cantante Álvaro Guzmán y el guitarrista Rafa Fernández tocaban todos los domingos en una calle de La Latina (“le dábamos vidilla a la Costanilla de San Andrés y sacábamos para croquetas y cañas”, dice Guzmán), y de ahí a tocar canciones tradicionales rusas en la fiesta de cumpleaños del “número uno del petróleo en Rusia” hay un trecho, que ha incluido conciertos en varios continentes y también en el interior de un coche de nombre engañosamente minimalista (cupieron los cinco, instrumentos incluidos).
Procedentes de bandas como Jet Lag, los Right Ons surgieron hace cinco años y su nombre ya daba una idea de por donde iban los tiros: soul y funk con actitud roquera. El volcánico James Brown exteriorizaba su aprobación en los conciertos con gritos de “right on, right on”, una expresión adecuada al espíritu lúdico que buscaba el grupo: “La acepción más vulgar y directa sería ‘de puta madre”, explica Guzmán en un café de la Plaza de Isabel II: “Y si queremos ponerlo más madrileño, seríamos Los Debutis”.
Poco a poco, los Right Ons fueron dejando de lado las raíces negras para adoptar un sonido más cercano al rock de los setenta, plasmado en su tercer álbum, Get out (2011), un disco conciso y rotundo cuya gira acaba esta noche en Joy Eslava. “Con esta actuación cerramos una etapa, será especial porque muchos de los temas no vamos a volver a tocarlos. Estamos probando una nueva línea de trabajo”, revela el vocalista. “Sí, tal vez haya un cambio de estilo”, puntualiza Martín Muñiz, teclista. ¿Hacia dónde? “No lo sabemos, pero en enero entramos a grabar nuevas canciones”, señalan, antes de aventurar que, quizá, éstas tengan un punto más electrónico, al modo de los franceses Justice.
También pudiera ser que se estrenen componiendo en castellano, una inquietud nacida tras una colaboración fallida con Loquillo: “Estuvimos trabajando con canciones de Sabino [Méndez] y nuestras. A Loquillo le gustan los Right Ons y surgió la idea de hacer un disco conjunto que al final no ha salido, pero nos despertó el gusanillo de grabar en español”, cuenta Muñiz. No sería tarea complicada para Guzmán, que ya ha cantado en ruso: “Era la fiesta de cumpleaños de un magnate del petróleo, en una mansión de Mallorca. Me tuve que aprender fonéticamente una canción tradicional, Katyusha. Mira, todavía me acuerdo”, dice el cantante, que entona de carrerilla la composición que animaba a los soldados soviéticos en su marcha al frente, y de repente parece que las cañas se han convertido en vodkas y en Ópera hace un frío aún más helador.
The Right Ons actúan hoy, 14 de diciembre de 2012, a las 19.00 en Joy Eslava. Entradas: 16 euros.

A la salud del padrino ‘mod’

El músico estadounidense Bart Davenport.

Parkas en Siroco. Suena a contradicción meteorológica si no fuera porque The Jam resucita esta noche en dicha sala. O al menos Sound affects, su obra magna según Paul Weller, el líder de la banda que impulsó el revival mod entre los setenta y los ochenta. La lluvia quizá desaconseje las Lambrettas pero, 32 años después, el disco de los británicos llega en la voz del cantautor californiano Bart Davenport (Oakland, 1969), aliado con los catalanes Biscuit para una gira de homenaje con parada en Madrid. “A los 15 me dije que sería mod toda la vida. Y se ha cumplido, pero solo cuando quiero”, espeta con sorna Davenport, admirador loco de Weller entonces (“intentaba hacer todo como él”) y artesano ahora de un pop exquisito que bebe del folk, elsoft-rock y el soul. “Pasé de versionar a The Jam en el instituto y llevar sus mismos zapatos blanquinegros a ejercer de purista del rhythm & bluescon The Loved Ones, una banda de San Francisco. Hoy todavía me influye Weller con su carrera en solitario”.

Artistas que aman discos ajenos

La promotora catalana Houston Party le encontró en el año 2009 una vuelta de tuerca a la moda de artistas que tocaban completo alguno de sus propios discos: pedir a un músico que saliera de gira para interpretar una obra ajena. Desde entonces, Giant Sand ha rendido homenaje aJohnny Cash, The Posies aTeenage Fanclub, Clem SnideNeil Young, Chuck Prophet aThe Clash, Micah P. Hinson yTachenko a The Pixies y ahora el tributo de Bart Davenport y Biscuit, estos casi en su vigésimo aniversario, del punk garajero al pop: “Bart vino a ensayar una semana a nuestro pueblo, Vilanova i la Geltrú, y aunque a nosotros nos van más los primeros The Jam, este disco era todo un reto”.
A Weller, pese a su poliédrica trayectoria, se le conoce como el Modfather. Una reducción: The Jam es, junto a The Clash, la gran banda inglesa del periodo punk-new-wave-pospunk. Y el disco Sound affects, en palabras de Davenport, “una asombrosa obra madura de un chaval de apenas 22 años”. El de Oakland se explaya: “Weller aquí deja de imitar a The Who y a The Kinks por un tipo de canción pop más contemporánea, reflejo de la sociedad británica de la época”. Tiempos de Thatcher, expuestos como fotografías en la célebre That’s entertainment o en Man in the corner shop, la composición favorita para Davenport del álbum. “Aunque no llego al tono de Weller al cantarla. El texto es muy british, pero a la vez universal y vigente”. Y al californiano se le desmelena la pasión, con sordina: “Pese a ser una rockstarya a los 17, Weller siguió siendo un poeta de la gente corriente. Ahora es más una estrella tipo Clapton, pero canta mucho mejor que él”.
El mercado estadounidense esquivó a The Jam quizá por su exceso de idiosincrasia británica. “Sus letras me resultan como representar a Shakespeare o a Dickens, viene a ser lo mismo que interpretar un personaje. Tengo que fingir el acento, igual que no tendría sentido cantar a The Beach Boys o flamenco con acento de Coventry”, razona Davenport. Sobre el escenario, como preferida del disco entre los ejecutantes de este tributo figura Start!: “Sonamos en ella compactos. Su ritmo provoca el baile, y el público se sabe la letra”. La canción fue un número uno controvertido para The Jam por el obvio saqueo de la línea de bajo de Taxman, corte de George Harrison que abre el Revolver de The Beatles (él no dijo ni mu, inmerso en su caso de plagio por My sweet Lord). “Yo he hecho muchas de esas, pero Weller pertenece a la raza privilegiada de los que copian de sus influencias teniendo a la vez algo nuevo que decir. Lo hizo Dylan con Woody Guthrie. O Tom Petty con The Byrds”.
Davenport cambió hace poco San Francisco por Los Ángeles. Y en Madrid posee lazos en la escena indie. Como los beats no le son extraños (los impregna de soul con Honeycut, uno de sus proyectos paralelos), produjo el debut electro-pop de Linda Mirada. Y el sello madrileño Lovemonk ideó y editó la ópera prima de otra de sus actividades alternativas, el grupo Incarnations; también va a publicar para toda Europa su próximo álbum como solista. “Ya está grabado, con una producción algo ochentera e influjo de The Style Council, la bandasoul-pop que Weller creó tras disolver The Jam en pleno éxito”. A Davenport eso no le inspiró para escribir Fuck fame, uno de sus nuevos temas: “No es una renuncia a la fama, sino una oda a los héroes anónimos de la pista”. La de Siroco tiene la palabra.
Bart Davenport y Biscuit actúan hoy a las 21.30 en Siroco. 12 euros.

Notas de unas fiestas

Intérpretes de gospel que intervendrán en el teatro Fernán Gómez.

El sonido natural de la Navidad no tiene por qué llevar incorporado el tintineo de la pandereta o la fricción sorda de la zambomba. Madrid se convierte estos días en una gran fiesta navideña con el sonido del barroco, la suntuosidad de los oratorios de autores como Berlioz o la música de cine.

Un festival condensado. El Festival Vía Magna arranca esta noche con 22 conciertos repartidos por salas e iglesias de toda la ciudad. Hasta el día 28 de diciembre los acordes de los Himnos de Coronación de Haendel y los villancicos se mezclarán con los espirituales negros del Black Light Gospel Choir o las canciones de Carlos Chaouen. Todo en clave navideña, y con un tercio de los conciertos gratuitos y otros cuyas entradas no sobrepasan los 10 euros. Para ver las fechas y horarios de los conciertos, consulte la página del festival (http://www.festivalviamagna.com).


Los niños toman el testigo. Las voces de los niños se identifican a menudo con el repertorio navideño más allá de las funciones escolares y los coros de campanilleros. La Escolanía del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial llega al Auditorio mañana para abrir la Navidad en el coliseo de Príncipe de Vergara. Interpretarán villancicos, pero no los tradicionales, sino los que compuso el Padre Antonio Soler, compositor del barroco tardío, piezas cortas, amenas y muy festivas. Rematarán con el Gloria de Vivaldi, una obra compleja y un final solemne al concierto.

Solistas de Ópera en el festival Vía Magna.
Locura ‘gospel’ en el Fernán Gómez. Además de los conciertos del Festival Vía Magna, también habrá gospel en el Teatro Fernán Gómez. Cinco coros estadounidenses (venidos desde Nueva Orleans y San Francisco) interpretarán hasta el día 16 lo mejor de sus repertorios en el teatro de la plaza de Colón. Las entradas tienen un precio de 30 euros.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La adrenalina diferida


Absurdo negar a estas alturas que Supersubmarina ya han recorrido el trecho de la anécdota a la categoría. El atractivo musical (o generacional) de estos cinco veinteañeros de Baeza les augura un futuro de sonrisas. Con solo un par de discos, no es habitual agotar dos noches el papel en La Riviera (3.500 personas) o relegar en el cartel del reciente festival Dcode a Django Django, una de las mayores sensaciones internacionales del año. Los cimientos están muy asentados, como volvió a certificarse anoche junto al Manzanares. Ahora falta el estirón, y puede que eso lleve más tiempo.

Los jiennenses tienen incluso la audacia de abrir con una balada épica, Para dormir cuando no estés, que se diría escrita tras escuchar Boca en la tierra, de Vetusta Morla. En general, Supersubmarina parece un buen grupo de rock bisoño al que todavía le faltan grandes canciones. LN Granada, con su leve pátina de rock andaluz, constituye una excepción, como Tu saeta, el enconamiento guitarrero de Kevin McAllister o el colmillo retorcido en Canción de guerra, crónica de una ruptura de hostilidades (“ya no respeto tu pena”) que hurga en la universal temática de las hecatombes sentimentales. De acuerdo, hay que ser Dylan para firmar Blood on the tracks, pero algunas sentencias del nuevo disco, Santacruz, habrán bautizado muchos estados del Tuenti.

José Chino, estiloso y guapete de negro, necesita asumir todavía que le pertenecen las miradas de una creciente multitud. Demasiado retraído hasta los bises, cuando descerrajó una verdad palmaria (“mucha policía en los conciertos de Madrid, ¿no?”), el cantante aún no ejerce de hombre carismático. Las circunstancias son propicias para que la adrenalina fluya a chorretones, pero la comunión tarda en concretarse hasta el tramo final, con Ola de calor o Niebla. Es una secreción hormonal diferida, como de rockeros tímidos. Démosles algo de tiempo.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Un seductor sensible


Imposible que la estampa de Joshua Tillman -hombre espigado, de barba impoluta y belleza serena- pase inadvertida en el centro de un escenario. Sería injusto circunscribir su trayectoria previa a la etapa como batería de Fleet Foxes, banda extraordinaria en la que, sin embargo, acabó sintiéndose “un robot que tocaba lo mismo cada noche”. Pero en su nueva y más atractiva reencarnación artística, ahora bajo el apelativo de Father John Misty, se expone como nunca lo había hecho antes. Ejerce de seductor sensible, practica más de un contoneo pélvico y enarbola una voz tierna y arrobada que le acerca más a Nilsson, curiosamente, que a quien imaginaríamos como su padre espiritual primigenio: Gram Parsons.
A Tillman quizás le haya costado descubrir su propio atractivo como líder, pero ahora no parece dispuesto a desperdiciar el hallazgo. Coquetea con el público femenino; se agacha, estira los brazos o deja la cintura al aire como si hubiera ensayado muchas horas frente al espejo, se vuelve irresistiblemente vulnerable cuando aborda los estribillos en falsete de Only son of the ladiesman o la excelente Nancy from now on.Y cuando enfila la senda vaquera, siempre queda más cerca de John David Souther que de los Eagles.
La noche ya había empezado con la sorpresa encantadora de The No, banda aún emergente, pero muy atractiva, de rock entre épico y dramático que evoca a The National hasta en esos dibujos casi marciales de la batería. Su cantante no alcanza el aire taciturno y casi angustiado de Matt Berninger, pero todo llegará. El carisma recayó, en cualquier caso, en Father John, muy lejos de aquel personaje melancólico y ensimismado que firmaba sus primeros discos como J.Tillman. El hechizo del Laurel Canyon que el año pasado enarboló el estupendo Jonathan Wilson recae ahora en él. Y el testigo se encuentra en buenas manos.

martes, 11 de diciembre de 2012

Diálogos que arrebatan


Ella es portuguesa, él es brasileño. La pianista María Joao Pires y el violonchelista Antonio Meneses hablan la misma lengua. Dialogan sin palabras, con afectividad desde la música. Entre ellos se produce algo así como lo que el cineasta portugués Manoel de Oliveira llama en una de sus películas “amor de perdiçao”. Es un amor que arrebata y contagia a la audiencia. El concierto fue de una hermosura íntima. En la Sonata Arpeggione, de Schubert; en la Opus 38, de Brahms; en la Romanza sin palabras, de Mendelssohn; en una musicalmente deliciosa Pastoral, de Bach, que regalaron como primera propina.

17 Ciclo de Grandes Intérpretes

Maria Joao Pires y Antonio Meneses. Obras de Schubert, Mendelssohn y Brahms. Fundación Scherzo-El País. Auditorio Nacional, 10 de diciembre.
Los grandes intérpretes sienten de cuando en cuando la necesidad de tocar juntos. Si entre ellos existe la complicidad que ayer demostraron Pires y Meneses, sucede lo que sucedió: una velada en el más puro espíritu de la música de cámara. Una demostración de música sosegada, de conversación artística más allá de lo evidente. Pires, en solitario, abordó con sensibilidad los Tres Intermezzi, opus 117, de Brahms. Sin un ápice de virtuosismo, buscando en todo momento las esencias más ocultas de la música. Era la misma actitud que desplegaba en los diálogos con el violonchelista.
Meneses se inclinó por el lado más cantabile de su instrumento en el fraseo. Cantaba el violonchelo, acompañaba el piano. Pieza a pieza la sensación de una belleza cercana se imponía. Una atmósfera de familiaridad acabó por llenar la sala. Qué bonito Schubert, qué vital Mendelssohn, qué interiorizado Brahms, qué luminoso Bach. Es curioso. Con su actitud de sencillez compartida, los intérpretes transmitían continuamente una sensación de verdad. No les hacía falta el exhibicionismo. Su planteamiento iba en otra dirección. Y de esa manera fueron conquistando a un público cada vez más entregado. De Pires sacaba a flote su lado más pedagógico y solidario, de Meneses la pasión melódica de su tierra. Fue un concierto de los que arrebatan, de “perdiçao”.

Una reposición inteligente

Escena de 'El juramento', en el teatro de la Zarzuela.

Las reposiciones de espectáculos avalados por el éxito, si se hacen con inteligencia y no se abusa de ellas, son una solución más que digna para complementar las programaciones artísticas en tiempos de crisis. La producción de Emilio Sagi para El juramento, con vestuario del fallecido diseñador Jesús del Pozo, se estrenó en 2000. El tiempo no pasa por ella y la solución escénica-teatral se mantiene con la misma frescura que cuando se mostró por primera vez.
El sentido del humor es paralelo a la fantasía visual. La fluida dirección de actores se desarrolla en un espacio escenográfico sugerente de Gerardo Trotti, con el valor añadido de un vestuario rebosante de imaginación. Es un acierto esta recuperación. Transmite una sensación incuestionable del trabajo bien hecho y es una demostración palpable de optimización de recursos. Hoy entra en su última semana de representaciones. Vale la pena acercarse por el teatro de La Zarzuela.
Necesitan las reposiciones escénicas unas prestaciones musicales en consonancia con sus méritos artísticos. El juramento cumple sobradamente estas exigencias irrenunciables, tanto en el reparto vocal como en la dirección musical de Miguel Ángel Gómez Martínez, ajustada y segura como en él es habitual.
El reparto vocal varía según las funciones. El que a mí me correspondió es magnífico. Incisiva y pizpireta Sabina Puertolas, intencionada y graciosísima María Rey-Joly, elegante y solvente Gabriel Bermúdez, impecable teatralmente Luis Alvarez, y más que solventes en su totalidad Javier Galán, David Menéndez o Alexandre Guerrero. Así da gusto, pues el espectador se despreocupa en gran medida de la realización y se centra fundamentalmente en la obra.
Números tan finamente irónicos como el del coro de la murmuración no pasan desapercibidos para el público, y tanto las diferentes romanzas individuales como las escenas de conjunto se muestran con precisión a la par que con gran naturalidad. La representación funciona como un mecanismo de relojería. El público se divierte y la zarzuela de Gaztambide se revaloriza. ¿Una sonrisa para la crisis? Pues sí, pero no lo digamos muy alto por si acaso.
FUENTE: El País - CULTURA