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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Más raros que un perro verde


A la vejez, viruelas. Ausentes como estamos en Valencia (casi por completo) del circuito de grandes giras internacionales, al menos nos queda el consuelo de poder apuntarnos algún tanto en las ligas menores del rock. El nombre de Meat Puppets, opaco para el gran público, adquirió tintes casi de leyenda desde el momento en el que participaron, hace ya veinte años, como banda de refuerzo en el famoso Unplugged de Nirvana, a instancias de un Kurt Cobain que les reverenciaba desde mucho antes. Su actuación del martes en Wah Wah fue, así pues, la primera que llevaban nunca a cabo en nuestro país, una suerte de exclusiva local de la que tan solo disfrutaron algo menos de un centenar de fieles. Al fin y al cabo, nada que exceda su hábitat natural, el de una amplia galería de antros de música en vivo y garitos de dudosa reputación, tal y como corresponde a sus orígenes hardcore.

Sorpresas navideñas


Se supone que uno se hace músico para noches como las del domingo en el Coliseum. En ellas, el músico se siente arropado por aquellas personas para las que de forma inconsciente escribió sus canciones, y aquel momento solitario de la composición halla su reverso en el instante participativo en el que esas canciones dejan de pertenecer al autor y comienzan a formar parte de la vida de aquellas personas que las cantan desde la platea como si estas letras, estas melodías, estos significados, articulasen instantes de una vida, y en realidad lo hacen, son vidas ajenas a la de David Carabén que él, con sus letras, explicándose la vida a sí mismo, consigue compartir.

Dos centenarios de postín

Georg Solti y John Cage nacieron en 1912. En Madrid se han recordado con afecto los centenarios de sus nacimientos gracias a un par de conciertos de Ibermúsica el pasado fin de semana con la Filarmónica de Londres, orquesta de la que fue director el maestro húngaro, y otro del CNDM el lunes con el joven pianista francés Bertrand Chamayou alrededor de las Sonatas e interludios del compositor estadounidense. Han sido dos homenajes muy oportunos. Tanto Solti como Cage iluminaron el desarrollo musical del siglo XX desde perspectivas tan diferentes como complementarias. Solti era un director de orquesta de una vitalidad arrolladora, tanto si afrontaba a Mozart o Beethoven como si se las veía con Verdi, Wagner, Mahler o Bruckner. Era pura pasión. Identificado fundamentalmente con la Sinfónica de Chicago, su paso por Londres fue tan esclarecedor como vibrante. En el concierto del pasado domingo Vladimir Jurowski, en cierto modo su sucesor, ofreció una lectura enérgica de la Quinta sinfonía de Mahler, después de una versión modélica de la obertura de Fidelio, de Beethoven, y de unos sugerentes Wesendonck lieder, de Wagner, con arreglos de Hans Werner Henze, contando como solista con la sensible cantante sueca Anna Larsson. La pieza ofrecida como propina -el Preludio del tercer acto de Los maestros cantores, de Wagner-, sonó de una manera magistral desde el punto de vista humanista, y quien sabe si debido a ello Solti salió del altar de la memoria y se mostró más cercano, no tanto por una imitación al pie de la letra de su manera de dirigir sino por cierta atmósfera creada por Jurowski a medio camino entre la intensidad expresiva y el sentimiento a flor de piel. Lo de John Cage es otra historia, más ligada a la evolución del arte de los sonidos y a la creación de unos horizontes imprevisibles hasta ese momento. El homenaje se realizó desde el piano. O más bien desde los pianos, incluyendo uno de juguete para la Suite for Toy Piano, de 1948. Bertrand Chamayou interpretó asimismo Child of Tree, de 1975, un solo de percusión para tiestos de cactus y otras plantas de material vegetal, con el toque conveniente de amplificación. La base del concierto fue una selección de las sonatas e interludios para piano del compositor. La resolución tuvo tanta fantasía como pulcritud. Fue un concierto en cierto modo didáctico, del que emergió en todo momento una sensación testimonial del paso del tiempo Los dos homenajes han trascendido su condición de celebración cordial, demostrando, si hacía alguna falta, que Solti y Cage continúan hoy tan vivos como en sus mejores momentos.

martes, 18 de diciembre de 2012

La madurez y el sonrojo


Se hace raro ver a Melendi en diciembre, periodo en que las barbies de extrarradio y sus reglamentarios churris suburbiales andan algo mohínos, preocupados por la primera evaluación y los engorros familiares, abrigaditos hasta las orejas y sin apenas margen para el alboroto hormonal. Claro que el ahora también animador televisivo es un artista en pos de su madurez, como ya proclamaba con su anterior Volvamos a empezar y reiteró anoche en el estreno de Lágrimas desordenadas, patrocinado por una compañía telefónica que convocó a mozalbetes monísimos y sirenas de piernas infinitas. Eso sí: La Riviera sigue sonando a rayos, por muy beautiful que sea la concurrencia.

Ramón Melendi endosó sus 11 nuevas canciones y certificó que a los más fieles les han bastado unas pocas semanas para interiorizar las letras. Un prodigio de enjundia y lirismo, sin duda. El asturiano se nos muestra lírico y enamoradizo en Tu jardín con enanitos (“Quiero que lleves tu falda y también mis pantalones”), analiza con sagacidad los resortes del desapego en Cheque al portamor (“Ahora vete en busca de aquella cartera que sostenga tus tratamientos de belleza”) y, aún mejor, se transmuta en autor concienciado en De repente desperté: “El poderoso pinta garabatos para lavarse las manos después”.

Voz rasposa y de garrafón, retratos trillados de la canallesca noctámbula, una retahíla monótona y redundante para las melodías. Ramón pretende emular el rock urbano de Extremoduro o Sabina, pero aún no ha superado la etapa de párvulos.La que corresponde intelectualmente a esas letras que pretenden ser confesionales y encallan en el bochorno. Ningún ejemplo mejor que Mi primer beso, sonrojante crónica de escozores genitales en la primera cita. Debió sentirse picaruelo y hasta incluyó guiños onanistas (“agítame antes de usarme”), pero solo suscita un sentimiento españolísimo: la vergüenza ajena.

Recital de guitarra de Albalat en el Museo de Belas Artes da Coruña

Eulogio Albalat

En el Museo de Belas Artes da Coruña, dentro de su XIV Ciclo Concertos de Outono, se ha celebrado este domingo un recital de guitarra a cargo de Eulogio Albalat. El concertista y pedagogo coruñés afrontó un programa muy serio. De inicio, la Sonata op. 61 de Joaquín Turina, escrita en 1930 y estrenada por Andrés Segovia en la Academia Santa Cecilia de Roma en 1932. Una obra de honduras y misterios que Albalat afrontó con un discurso sobrio y un sonido limpio y claro, con ese algo de lejanía que Segovia atribuía como principal característica dinámica del instrumento.

La Sonata III para violín solo de Bach es obra no excesivamente frecuentada por los guitarristas, por su dificultad de interpretación: con exigencia de un gran dominio del mecanismo pero aún más difícil desde un plano puramente musical. Albalat mostró una preparación rigurosa de la obra desde ambos puntos de vista, con el resultado de una versión de gran sobriedad y respetuosa con el espíritu original de la obra para violín, como pudo apreciarse en sus acordes arpegiados y un legato realmente notable. Las primeras notas del Adagio inicial, surgidas como de la oscuridad de capilla lateral en una catedral, sugirieron que lo mejor del recital estaba al llegar: fue su monumental Fuga, tocada con precisa distinción de planos y líneas sonoros fue como las clave de arco en la bóveda de esta monumental Sonata y dio a la luz un Largo sereno y de gran hondura, antes de rematar con un Allegro assai con vocación de perpetuum mobile, atacado con gran valentía y expresado en lenguaje de gran adecuación estilística.

Tras el breve descanso, Albéniz. Su Granada sonó misterioso en una buscada lentitud; la hermosa separación de planos que estableció Albalat provocó la envidia de una nubes que quisieron competir con el músico soltando un sonoro aguacero antes de amansarse por la gracia de un Asturias que amansó el ritmo de la lluvia hasta acompasarlo al insistente y hermoso repiqueteo de sus notas.

FUENTE: El País - CULTURA

sábado, 15 de diciembre de 2012

Al Galope


La Novena Sinfonía pudo producir el viernes la impresión de un caballo al galope cuando, pese a la fuerza y la velocidad, mantiene la belleza y armonía en sus movimientos. Riccardo Chailly, al frente de los cuerpos estables del Palau de les Arts –que enarbolaron, antes de empezar, el pequeño manifiesto contra el ERE del recinto-, mostró así la increíble tensión que destila la partitura. Ejecutó con los tempi y las repeticiones prescritas por Beethoven, pero la novedad de su lectura no radicaba en eso: las agrupaciones de perfil historicista suelen hacerlo así.
Lo sorprendente fue el vigor inaudito y continuado que consiguió transmitir, vigor latente en la obra desde el primer compás y que, presente o en acecho -incluso en los momentos más líricos- permanece siempre dispuesto a aparecer.
La Novena Sinfonía, sobre todo en su último movimiento, tiene una estructura que permite bien ese enfoque. Beethoven parece jugar allí a interrumpirse a sí mismo, como Mahler, pero, al contrario que este -constantemente sumido en la duda-, deja sentir con claridad a dónde quiere ir.
Toda esa dialéctica de pregunta-respuesta, de frases interrumpidas que se repetirán más tarde con una nueva presentación, todo ese largo camino hasta el resplandeciente final, se hizo el sábado con una firmeza y un brío inusuales. Orquesta, coro y cuarteto siguieron, entregadísimos, por la tensa ruta que les marcaba el director milanés.
Por eso importaron poco los problemas puntuales de algún solista, la excesiva tendencia hacia elfortissimo de la batuta, la dificultad para plasmar la inmaterialidad que preside el Andante maestoso, o el nerviosismo de algunos músicos en el primer movimiento. Porque, siempre, los intérpretes seguían, fieros y al galope, buscando la hermosa meta del final.
No hubo sólo, sin embargo, energía y emoción. Chailly quiso dar luminosidad al tejido orquestal, de forma que las voces interiores quedaran bien visibles, en medio del fuego cruzado. Se revelaban así planos que muchos directores descuidan y que, sin embargo, son básicos al contrapuntear las líneas principales. Moldeó también, sabiamente, el fraseo de la cuerda. Con todo ello, algo brusco, quizás, y enardecido, Beethoven cobró allí vida una vez más.

Novena Sinfonía de Beethoven

Dirigiendo a la Orquesta y el Coro de la Comunidad Valenciana. Solistas vocales: Rudolf Rosen, Steve Davislim, Julia Bauer y Mª José Montiel. Novena Sinfonía de Beethoven. Palau de les Arts. Valencia, 14 de diciembre de 2012


martes, 11 de diciembre de 2012

Cecilia Bartoli, la cara y la cruz


En el curso de 72 horas la mezzosoprano Cecilia Bartoli (Roma, 1966), de gira por España durante esta semana, se ha visto enfrentada a dos situaciones de muy distinto signo. Si el viernes 30 de noviembre era objeto de homenaje en Baden-Baden con motivo de la entrega del Premio Herbert von Karajan en su edición de 2012, el lunes 3 de diciembre tuvo que hacer frente a una radical división de opiniones entre el público que llenaba la Scala de Milán –teatro en el que no actuaba desde hacía 19 años–, con motivo del concierto que abría la temporada sinfónica de la Orquesta Filarmónica del teatro y en el que Bartoli estuvo dirigida por Daniel Barenboim. 

El Premio Herbert von Karajan fue establecido en 2003 por el Festival de Baden-Baden en honor del director salzburgués. Dotado con 50.000 euros, tiene como particularidad que el receptor del premio debe dedicar su importe a estimular las carreras de jóvenes artistas de su elección. En el pasado han obtenido el premio Anne Sophie Mutter, la Orquesta Filarmónica de Berlín, los directores Gergiev, Barenboim y Rilling, los pianistas Kissin y Brendel, el barítono Thomas Quasthoff y el coreógrafo John Neumeier. En el concierto que acompañó la entrega del galardón la artista cantó piezas de Haendel y Steffani junto a la Orquesta de Cámara de Basilea dirigida por Julia Schröder.  

La cantante ha destinado el importe del premio al International Opera Studio de la Ópera de Zurich, un teatro al que Cecilia Bartoli ha estado muy vinculada desde los comienzos de su carrera y una ciudad en cuyas proximidades tiene su residencia junto a su marido el barítono suizo Oliver Widmer. En la temporada actual, este prestigioso centro de adiestramiento para jóvenes artistas líricos, fundado en 1961 con el patrocinio de los Amigos de la Ópera de Zurich, tiene inscritos a 14 cantantes y 2 pianistas acompañantes, originarios de catorce nacionalidades distintas.  

En el concierto de la Scala del día 3, y tras una primera parte dedicada a Haendel y Mozart, la cantante fue protestada al abordar el repertorio rossiniano con sendas arias de Otello y La Cenerentola. Los aplausos de sus partidarios se mezcaron con los abucheos de un sector del público que ocupaba el temible loggione, que fueron creciendo en intensidad y agresividad, hasta el punto de que Barenboim se vio obligado a exigir silencio al público. La prensa se ha hecho eco de los incidentes; así, en el Corriere della Sera, Pierluigi Panza recoge el rumor según el cual se trataba de una manifestación organizada por un grupo de unas 20 personas que abandonó la Scala después de la protesta, y que al parecer son miembros de un blog tituladoCorriere della Grisi, dedicado, en propia expresión, a “la tutela del antiguo arte del canto”. Por otra parte, el prestigioso crítico Paolo Isotta censura en el mismo diario a la artista por lo que llama sus excesos de diva “americana”, y afirma: “La voz es pequeña, sus coloraturas mecánicas, sus cadencias inoportunas”, aunque admira su desenvoltura y su capacidad para “simular facilidad y alegría frente a dificultades que aterrorizarían a cualquier colega”, y se pregunta cómo habría reaccionado “el público fanático que le ha decretado ovaciones de estadio frente a Joan Sutherland o Marilyn Horne en ese mismo repertorio”.

La gira por España de Cecilia Bartoli incluye L'Auditori de Barcelona, donde actuará el lunes 10 a las 21:00, y el Auditorio Nacional de Madrid, el jueves 13 a las 19:30. Bartoli será acompañada por la ya citada Orquesta de Cámara de Basilea en un programa de obras de Agostino Steffani, que integra el contenido de su último disco, Mission.  

http://www.opernhaus.ch/en/young/international-opera-studio/

http://www.rassegnastampa.beniculturali.it/rassegnastampa/List.aspx?Date=Today (SecciónSpettacolo)