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viernes, 21 de diciembre de 2012

Las Ruedas cogen velocidad

Pedro San Juan, del grupo Los Ruedas.

8 de mayo de 2011. En la sala Rock Kitchen varios grupos recuerdan lo que significó el bar Agapo como templo roquero del Madrid de hace cinco lustros. “Bueno, vale. Ok, Nastassia Kinski / si no estás tú qué pinto yo”, entona sobre el escenario Pedro San Juan, líder de Las Ruedas. ¿Las Ruedas? Sí, la banda olvidada de aquella escena malasañera, sin la aureola de Los Enemigos ni la popularidad de Los Ronaldos, reflotada últimamente por San Juan: “Siempre nos movimos en el circuito underground y en sellos indie, es lógico que no se nos recuerde más allá”. Sus aún fibrosas canciones sonarán esta noche en vivo en Alcalá de Henares, buena excusa para reivindicarles tras el documental estrenado a principios de año, Predicar en el desierto: una historia de flores y ruedas. “Lo impulsaron unos chicos de Jaén que organizan en Martos el Vértigo Estival. Y su culminación coincidió, más o menos, con el aniversario del Agapo. Motivos confluyentes para el retorno”.

San Juan admite algún momento casi mainstream en la trayectoria de Las Ruedas, como el que vivieron en Salamanca en 1986: ganar el concurso de Radio Cadena Española con las cámaras de TVE en directo y los Héroes del Silencio mosqueados por la derrota. “Iban un poco de estrellas, pero ahora te das cuenta de que eran en realidad más profesionales que el resto. Quizá el jurado valoró nuestra espontaneidad”. Pese al premio, San Juan sufrió lo suyo: “El exceso de entusiasmo y la falta de costumbre de tocar en días seguidos me hicieron perder la voz para la final. No sé cómo lo conseguimos”. Y no fue la única sorpresa: “En el Villa de Madrid del año anterior concursamos en la categoría de música heavy porque el cupo de pop-rock estaba completo. Fuimos finalistas”. Hablamos de una formación para nada metalera, influida por “The Clash y el punk del 77, Chuck Berry, Gene Vincent, la new wave o los Stones”.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La adrenalina diferida


Absurdo negar a estas alturas que Supersubmarina ya han recorrido el trecho de la anécdota a la categoría. El atractivo musical (o generacional) de estos cinco veinteañeros de Baeza les augura un futuro de sonrisas. Con solo un par de discos, no es habitual agotar dos noches el papel en La Riviera (3.500 personas) o relegar en el cartel del reciente festival Dcode a Django Django, una de las mayores sensaciones internacionales del año. Los cimientos están muy asentados, como volvió a certificarse anoche junto al Manzanares. Ahora falta el estirón, y puede que eso lleve más tiempo.

Los jiennenses tienen incluso la audacia de abrir con una balada épica, Para dormir cuando no estés, que se diría escrita tras escuchar Boca en la tierra, de Vetusta Morla. En general, Supersubmarina parece un buen grupo de rock bisoño al que todavía le faltan grandes canciones. LN Granada, con su leve pátina de rock andaluz, constituye una excepción, como Tu saeta, el enconamiento guitarrero de Kevin McAllister o el colmillo retorcido en Canción de guerra, crónica de una ruptura de hostilidades (“ya no respeto tu pena”) que hurga en la universal temática de las hecatombes sentimentales. De acuerdo, hay que ser Dylan para firmar Blood on the tracks, pero algunas sentencias del nuevo disco, Santacruz, habrán bautizado muchos estados del Tuenti.

José Chino, estiloso y guapete de negro, necesita asumir todavía que le pertenecen las miradas de una creciente multitud. Demasiado retraído hasta los bises, cuando descerrajó una verdad palmaria (“mucha policía en los conciertos de Madrid, ¿no?”), el cantante aún no ejerce de hombre carismático. Las circunstancias son propicias para que la adrenalina fluya a chorretones, pero la comunión tarda en concretarse hasta el tramo final, con Ola de calor o Niebla. Es una secreción hormonal diferida, como de rockeros tímidos. Démosles algo de tiempo.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

¿De qué va la creatividad? Doce creativos responden

Los participantes en el proyecto Dozen reunidos en torno a una mesa en el estudio de Uiso lemany.
¿Qué hacen en el taller de Uiso Alemany en plena huerta de Alboraia músicos como José Manuel Casañ y Aristides Abreu, de Seguridad Social, un chef de cocina como Firo Vázquez, un investigador y teórico del arte como Román de la Calle, un cineasta como Sigfrid Monleón, con diseñadores gráficos y comunicadores  como MacDiego y Boke Bazán, o un editor y mecenas como Chano Vernetta? ¿Y qué traman con ellos un  diseñador industrial del sector del mueble, como Jordi Vidal, un músico de vanguardia como Jose Salvador Chapí y la actriz Paula Miralles?
Convocados en torno a una mesa por el director de arte Txema Sánchez, son doce personalidades muy distintas, que no se conocían entre sí y que se pasaron doce horas viviendo una ficción artística, una jornada de reflexión en torno a la creatividad. El proyecto, denominadoDozen, nace de un encargo del impresor Chano Vernetta, y da lugar a un libro exquisitamente editado que, desafortunadamente, no está a la venta y recoge los doce mandamientos de la creatividad, con numerosas fotografías de lo que dieron de si esas 12 horas en la huerta."Lo que desea vender, contagiar, comunicar y reinventar es la idea que tras ese libro se cobija, abierta y disponible", dice Román de la Calle.
No obstante, todo cuanto sucedió allí fue grabado audiovisualmente y por tanto el encuentro ha generado más pensamiento y creatividad en otros soportes, de forma que cualquiera puede ver el corto, las imágenes y las entrevistas a todos los participantes en youtube (http://www.youtube.com/user/TheDozenCreativity), en facebook (https://www.facebook.com/theDozenCreativityTable). "A lo largo de la semana que viene, abriremos un blog, con las fotos y comentarios y  añadiremos más videos de canciones de Seguridad Social y fotos o momentos del evento que están inéditos", anticipa Txema Sánchez.
"La ficción de Dozen", explica el maestro de ceremonias en una autoentrevista, "es sólo un espacio creativo más que nos ayuda a cohesionarnos como parte de una película en la que, supuestamente, salvamos a la humanidad de la pertinaz sequía de ideas en los gobiernos mundiales, para devolvernos a un mundo mejor, gracias al descubrimiento de los doce mandamientos de la creatividad".
La actriz Paula Miralles
en una de las puertas de la alquería de Dozen
Las ideas fluyeron a través de las conversaciones de la alquería y dejaron caer frases como "no a la ética sin estética", de Román de la Calle; "el arte es el cáncer de la creatividad", de Mac Diego; "las reglas están para romperlas", de José Manuel Casany; "la creatividad sobre todo es trabajo", de Firo Vázquez, o "la creatividad es la capacidad de ver" de Paula Miralles. La jornada, en la que participaron otros doce colaboradores en tareas diversas, "resultó tan proífica e interesante", que esta mesa de reflexión creativa "seguramente se repetirá en el 2013, si los mayas se equivocaron, aunque no fuera del todo", aventura Sánchez.

martes, 11 de diciembre de 2012

Antònia Font se salen por la tangente


Puede que fuese uno de los conciertos que mejor expresase el sentido del Primavera Club. Cierto es que el Arteria Paral·lel no es exactamente el perfil de sala de conciertos que inspira el certamen, pero no es menos cierto que las circunstancias vividas por el festival con el cierre temporal de la sala central, Apolo, le ha obligado a adecuarse de la mejor manera posible a las circunstancias y, desde luego, el Arteria se asemeja más a una sala que no el inhóspito y frío Sant Jordi Club. Pues allí, en el Arteria, junto a Sidecar y Monasterio epicentros naturales de un festival de salas, actuó Antònia Font en el concierto que a la postre suponía formalmente la apuesta más arriesgada de los tres días de programación. El riesgo, algo consustancial, al menos en lo teórico, a un festival que vive de plantear alternativas a la complacencia.
Antònia Font habían preestrenado Vostè és aquí en Vic, cuando el disco no se conocía y el lenguaje del directo apropiado a esta colección de 40 canciones apenas se había expresado. Porque en el fondo no es tan rompedor componer 40 canciones breves tal que suspiros, como escenificarlas una tras otra como si en realidad durasen lo que en pop acostumbra ser lo habitual. Se cambian los tiempos y la dinámica, el público se ve obligado a reaccionar 40 veces —¿aplaudimos?, ¿aplaudimos cada tres temas?, ¿esta canción, Aram, ya ha acabado y toca aplaudir o este breve silencio es un simple recurso para resaltarla?— y además ha de reaccionar ante una profusión de estímulos estilísticos —rock, baladas, sonidos añejos de ciencia ficción barata,reggae, medios tiempos, rumba, pop ochentero— que se amontonan uno tras otro sin que la propia cadencia del concierto conceda espacio a la digestión. El espectador es así víctima de una tormenta de arena en la que el impacto de un grano no tiene relevancia pues ya el siguiente y el siguiente y el siguiente alcanzan la piel. De repente, mientras el concierto avanza, aumenta la sensación de que en el fondo no importan tanto las canciones como su acción conjunta. La tormenta por encima del grano.
Ese es uno de los grandes riesgos del concierto planteado por el grupo mallorquín, lograr que un puzzle de 40 piezas no sea entendido como un todo fragmentado sino como un mapa musical homogéneo, un recorrido en metro atendiendo a la propuesta de la portada del disco, en el que se disfruta con el simple hecho de viajar. No importa tanto dónde se vaya como el hecho de moverse por esa colección de rúbricas que sustituyen a relatos completos. Síntesis versus desarrollo. Y eso cuesta, o al menos así se puede desprender de la reacción del público, que pasó en el Arteria de la alegría a la frialdad, de la tibieza al calor, de la apenas disimulada indiferencia a la entrega rubricada tras el final de la última pieza. Antònia Font propone un aprendizaje sin pautas, una lección en la que cada alumno escoge su forma de tomar, o no, unos apuntes que por otra parte nadie da.
Por fortuna, la materia viva del concierto, las canciones, son ciento por ciento Antònia Font. La pluralidad de melodías, arreglos, tiempos e historias son genuinamente suyas, así como ese dominio de la melancolía mezclada con la broma, el homenaje a sus querencias —la verbena, el surrealismo, los juegos de palabras— y ese añadido que muestra la fortaleza de una voluntad ajena a cualquier consideración externa que representa la inclusión, justo ahora, cuando nadie se acuerda de esta forma rancia de celebración nacionalista, de una versión en castellano de un tema de Tots Sants, Leyenda negra, que cuestiona el V Centenario.
Así las cosas, Antònia Font ofreció el concierto más arriesgado en un festival cuyo propio sentido, las salas de conciertos, parece que hoy en día también está en riesgo. Si resulta que vivimos en un país en el que la Administración mete la pata, el caso Madrid Arena, y acto seguido presiona de manera incomprensible para que los demás cumplan una ley que ya cumplían velando con alocado celo para que no sean tan lastimosamente incapaces como ella misma, entenderemos que el surrealismo es la mejor arma para referir algo inexplicable. En un mundo disparatado salirse por la tangente puede resultar cartesiano. Y la tangente es el hábitat natural de Antònia Font.