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domingo, 8 de abril de 2012

Las joyas de ‘Evita’ iluminan Broadway


En Nueva York se exhibe una recreación de las alhajas de la Primera Dama argentina.



En el musical Evita, que se estrenó el jueves pasado en Broadway, lo que más deslumbra no son lasinterpretaciones de Ricky Martin o Elena Rogers, en el rol de la mujer del presidente de Argentina, Juan Domingo Perón, sino las joyas que ésta luce a lo largo del espectáculo. Se trata de una serie de 35 piezas auténticas, una recreación de las que pertenecieron a la Primera Dama y a su marido y que ha realizado el orfebre argentino Marcelo Toledo.

Las joyas fueron parte del sello personal y distintivo de Eva Duarte de Perón, un icono de la moda y la política. Ella siempre reivindicó que ocupaban un lugar destacado en su lenguaje para conectar con el pueblo argentino. Con motivo del reestreno de la obra de Andrew Lloyd Webber, el hotel Marriott de Nueva York -el mismo que acoge la representación- expone desde el 5 de abril 70 réplicas, en oro, plata y piedras preciosas, de las alhajas de la primera dama argentina, entre ellas las que aparecen en el musical.

“Los visitantes disfrutarán de la exhibición de las joyas montada especialmente para la ocasión. La intención es que la mayor cantidad de público posible acceda a ver de cerca el trabajo de orfebrería que he realizado para Evita, y de qué forma, luego, está plasmado en la puesta en escena”, explicó Toledo el pasado jueves durante la premiere.

Entre los aros, broches, gargantillas, anillos o prendedores que integran la colección, destaca el collar de rubíes birmanos que el dictador Francisco Franco regaló a Evita cuando visitó España en 1947. Se trata de la joya preferida de la abanderada de losdescamisados argentinos. “Le gustaba tanto que la usó en la tapa de su libro La Razón de mi Vida” señaló el orfebre. También se ha recreado el broche bandera de zafiros y brillantes, con el que la Primera Dama posó en la mayoría de sus retratos oficiales, o el collar de flores en plata que lució desde sus primeros años como actriz.

Toledo es el primer artesano que ha sido autorizadopor la familia Duarte y el Instituto de Investigaciones Históricas Eva Perón para recrear las joyas de la Primera Dama argentina, que ahora son propiedad del Gobierno de ese país, quelas adquirió en una subasta tras su muerte. El orfebre, que ha creado piezas para reyes, príncipes, presidentes, artistas y hasta para Juan Pablo II, ya realizó en 2007 una primera edición de las alhajas del icono peronista para el Museo Evita. Después, se mostró en Venezuela, Estados Unidos, Rusia o China.

La exposición que ahora se puede ver en Nueva York se trasladará a Argentina más adelante. Allí, además, se exhibirán algunos vestidos originales de Evita, entre ellos creaciones de Christian Dior, Lanvin y Balenciaga, y otras piezas de decoración de los años 40.

Yeats según The Waterboys


El quinteto toca el 12 en el Principal de Alicante y el 13 en el Palacio de Congresos de Valencia.



Cuando los Waterboys aterrizaron en Valencia en 1989, donde contaban con una nutrida legión de seguidores y seguidoras, llegaban con el espectacular álbum Fisherman Blues bajo el brazo. Y con él, The stolen child, primer poema adaptado de William Butler Yeats que el grupo incorporó a su discografía. La debilidad de Mike Scott, el líder de la banda, por el mayor poeta irlandés de todos los tiempos ha permanecido intacta con el tiempo e incluso se ha acrecentado, a tenor del álbum que acaba de dedicar íntegramente al Premio Nobel de Literatura, titulado An apppointment with Mr. Yeats.

Ni qué decir tiene que The Waterboys llenó en aquella noche de julio del 1989 el Auditorio Arena con un público que en muchos casos los seguía desde el arranque discográfico en 1983. El estilo de Scott y su banda no ha cambiado demasiado desde entonces, por lo que sus seguidores de aquellos agitados (musicalmente) ochenta, lo más probablemente es que se sientan plenamente identificados con el quinteto que podrán escuchar en directo el día 12 en Alicante y el día 13 en Valencia. Salvo en el tipo de auditorios, claro está. Ahora toca sentados en cómodas butacas: en el Palacio de Congresos de Valencia y en el teatro Principal de Alicante.

Para quienes se asoman de nuevas a esta banda cuyo nombre resucitó Scott en 2000, puede atraerles la intensidad emocional de éste, cantautor preocupado por la melodía, la energía y las raíces que dan sentido a lo que dice. An appointment with Mr. Yeats es el décimo álbum de The Waterboys y en el mismo colaboran, además de miembros originales de la banda, invitados de prestigio como el violinista Steve Wickham. El programa incluye, además de las piezas de Yeats, otras del repertorio histórico del grupo.

Cuerpo a cuerpo entre Santi Millán y Marta Torné

 

'Más allá del puente' es un diálogo entre dos seres heridos que buscan un segundo asalto en sus vidas.



Una de las historias que integra la película Alta Fidelidad, de Stephen Frears, introduce a dos desengañados del amor que requieren inmediatamente emparejarse. En Más allá del puente a sus dos protagonistas les ocurre algo parecido. Con la guerra de sexos latente y la química de Santi Millán y Marta Torné, el director Roger Gual —que ya penetró en la afixiante prisión mental de los seres humanos en las películas Remake y Smoking Room— maneja un diálogo entre dos seres heridos que buscan un segundo asalto en sus vidas.

El guionista y escritor David Botello elabora una “casi comedia” sincera, llana y sin edulcorantes. Una historia de redención y segundas oportunidades marcadas por un hecho clave que podía haber tirado por la borda todo atisbo de esperanza. Un testimonio humano que habla, ni más ni menos, de la vida.

Esta obra se representará en el teatro Flumen de Valencia de jueves a domingo en diferentes horarios.

 

Ciclón Poveda

"Ahí está mi padre”. La voz de Miguel Poveda se quiebra al señalar ese chopo noble y majestuoso a orillas del Guadalquivir en cuyas raíces, pegaditas al puente de Triana, descansan las cenizas de un hombre bueno. El cantaor, ciclón de ojosachinaos y cara de niño travieso que interpreta el flamenco con la pureza de un viejo, calla por un instante y se funde con su madre, doña Felicia, y su hermana Sonia en un abrazo inconmensurable como el lorenzo de primavera que cae sobre los turistas ociosos del lado de allá, en los bajos del sevillano paseo de Colón. Del lado de acá, en la orilla de Triana, la esposa y los hijos de Francisco Poveda contemplan en silencio la estampa de aquel chopo al que días atrás confiaron su eterno descanso.

La vida de Miguel Poveda ha quedado recientemente grabada a fuego en este paseo que va desde el puente de Triana hacia el palacio de San Telmo. Ambos puntos cardinales pasaron a formar parte de su educación sentimental a finales de febrero. Junto al puente dio un último adiós a su padre, Francisco, tras la infructuosa espera de un trasplante de corazón que no llegó a tiempo. Un duelo que prácticamente ha coincidido con la concesión de la medalla de Andalucía en San Telmo, sede del Gobierno regional. Y Poveda, que fue charnego en Cataluña y ahora es catalán residente en el Sur, pasea todas estas contradicciones con garbo por la trianera calle del Betis tras abrazar a su familia frente a un chopo. “Mi padre, como mi madre, forma parte de todo lo que me ha pasado. Él ha sido el ser más sensible y profundo que he conocido. Fue un mecánico tornero que tuvo que dejar de trabajar por sus problemas de corazón. Pero se emocionaba, hablaba y reía con los ojos. Mi sensibilidad la heredé de él. Y él sabe que mi felicidad la encontré aquí. Cuando me concedieron la medalla de Andalucía la agarré bien fuerte. Fue una forma de estar cerca de él. Como ahora”.

Ahora es uno de esos momentos en los que el cantaor está de verdad a gusto. Dispuesto a compartir mesa y mantel con su madre y su hermana. En un restaurante de su devoción frente a la Torre del Oro que derrocha vanguardia en un entorno de belleza clásica y desde donde puede divisarse a lo lejos el chopo de su padre. Alternando lonchas translúcidas de jamón serrano y un buen solomillo de ternera con sorbos de agua sin gas y caladas de tabaco light. Pero antes de seguir los pasos del cantaor por Triana y dejarnos llevar por la gastronomía y la conversación fuimos a conocer un nuevo motivo de dicha que se une a sus recientes sentimientos encontrados. Se llamaArteSano y es su segundo trabajo con el sello Universal tras el pelotazode sus Coplas del querer, que obtuvo sendos discos de oro y platino. Poveda ha vuelto a empaparse de esencia flamenca con 13 cantes, para los que ha contado, entre otros, con la colaboración estelar de Paco de Lucía y Manolo Sanlúcar al toque y con la voz del maestro Rancapino en unas bulerías de Cádiz que se salen por los cuatrocostaos.

A media mañana, el cantaor hizo acto de presencia en su oficina a las afueras de Sevilla con los ojos parapetados tras unas Ray-Ban de pera. Vestido con chaqueta sport de Hugo Boss, jeans negros, camiseta blanca de manga corta con chalequillo marrón y zapatillas de Moschino. Lucía bronceado y un arreglo de barbas y cabello tan modernos como toda su imagen. De esta guisa tan rompedora se puso a buscar en unMac de última generación un impagable vídeo donde aparece María La Sabina cantando unos fandangos por soleá. Y la estremecedora imagen en blanco y negro de María La Sabina resucitó en pleno siglo XXI con un simple clic de este tipo de mediana estatura que ronda la cuarentena y parece sacado de un número de la estilosa revista Vogue Uomo.Poveda encontró en este vídeo de YouTube la inspiración para Te desafío, uno de los temas de su nuevo disco. Él no se considera a sí mismo un cantaor enciclopédico, como llamaba el maestro Morente a quienes saben de dónde viene y hacia dónde va un cante. Pero sí se ha esmerado en conocer el terreno que pisa. Atesora todos los mimbres para bordar con igual fortuna en este nuevo trabajo desde los tientos de arranque (Con ser tan sabio) hasta la malagueña De la Peñaranda, las alegrías de Serafino o la bellísima soleá apolá titulada Convivencias, en la que homenajea con letra propia a Mairena y a Marchena. “Soñé un día que al cante lo llamaban libertad”, proclama con esa voz portentosa que juega a su antojo al interpretar la infinidad de matices que requiere una soleá bien ejecutada y no cesa de beber en las aguas del flamenco más puro.

Su vuelta a las esencias de este arte no se debe a que se haya hartado de copla. Eso sería imposible en su caso. Para Poveda no fue lo primero el flamenco o la copla, sino los dos géneros a la vez. A pesar de los prejuicios de los más ortodoxos. “Él canta copla’, me decían. No me dolía, pero es que no se trataba de nada novedoso. La mía no es una actitud valiente. La Niña de los Peines ya era moderna interpretando coplas por bulerías. El flamenco se trajo la copla a su terreno”. Si no valiente, su actitud al menos tiene una categoría ampliamente reconocida. Tanto como para que una artista de la talla de Martirio, renovadora absoluta del género que llevó hasta a los progres a recuperar la copla con una personalísima amalgama de estilos, afirme lo siguiente: “Como Miguel canta la copla no la canta nadie”. Antes de viajar a México para compartir escenario el próximo 15 de abril con la gran Chavela Vargas en el Palacio de Bellas Artes, Martirio argumenta al teléfono la hegemonía de Poveda: “Es fruto de su sentimiento, su elegancia, su estilo reconocible, de todo lo que ha recogido de otras músicas y por cómo domina y adapta los melismas del flamenco. No tiene prejuicios a la hora de buscar en el mundo el enriquecimiento de su música. Puede permitirse hacerlo porque conoce las raíces. Domina los cantes antiguos sin dejar de permanecer atento al tiempo en el que vive. Pero más allá de todo eso, es una figura para siempre de la música española”. Poveda, risueño y tranquilo, resume su propia visión: “Con la copla llamé la atención, pero yo nunca pensé ser un cantante de copla. Siempre quise ser cantaor”.

Miguel Ángel Poveda León, más conocido como Miguel Poveda para mayor gloria del cante jondo, nació en Barcelona a las 13 horas del 13 de febrero de 1973. Hijo de murciano y manchega, charnego a mucha honra, criado en Badalona, encontró en el tocadiscos Philips de su madre el paraíso de libertad que le negaba la escuela. Al niño no le gustaba salir a jugar con los chavales de su barrio, la Bufalà, “que estaban embrutecíos”. Prefería quedarse en casa al salir del cole escuchando lo que aquel Philips escupía sin cesar. Caracol, La Niña de los Peines, La Paquera, Marifé, Bambino, Valderrama, Molina, Camarón... Eran los discos de su madre. Los de su padre iban más por Pink Floyd, Jean Michel Jarre o Boney M. Que estaban muy bien, pensaba el niño Miguel Ángel, pero no era lo que a él le gustaba. Con el tiempo consiguió un radiocasete con el que grabó compulsivamente todo lo que salía por la radio y guardaba relación con sus gustos. Y escuchaba y escuchaba, encerrado en su cuarto. Se convirtió en un muchacho solitario, de pocos amigos, aferrado al cante como paraíso artificial. “Mi refugio fue la música. Cuando cumplí 15 años, decir que te gustaba el flamenco era sinónimo de hortera. Yo no era de [la revista juvenil] Super Pop, lo que se llevaba entonces. Yo era de encerrarme en casa a ver vídeos de artistas con mi amigo Manolo y mi amiga Conchi cuando mi madre, que era empleada de hogar, salía a limpiar casas”.

La llegada de la adolescencia le llevó a las peñas flamencas de Badalona. Abandonó los estudios y durante la semana era Miguel, el niño de los tubos que trabajaba de aprendiz de tubero en la obra. Los fines de semana daba rienda suelta en las peñas a Miguel Poveda, aquello en lo que soñaba convertirse. Pero la mili se interpuso en su camino. “Llegué con 19 años y estaba acarajotao. Me faltaba calle. Cuando subí al tren de camino a Huesca pensé: ‘Me van a matar’. Me pasé los seis primeros meses llorando. Nos tocó un capitán enfermo de la guerra. Pasé de estar en casa escuchando flamenco a verme con un Cetme colgao del hombro y cantando: ‘¡Sadam Hussein, eres un hijoputa, la tienes pequeña y diminuta!’. Esos gritos, esos documentales de guerra… Y esa gente de mi edad a los que veía de repente fumando porros y metiéndose rayas… Después he visto de todo, pero en aquel momento no había visto en mi vida nada así. Y, además, me pasé toda la mili intentando que nadie me dijera mariquita, tratando de ser lo más macho posible. Me monté mi personaje para sobrevivir”.

Lo logró. Un año más tarde se presentó en el Festival de las Minas de La Unión con pendiente en la oreja y corte de pelo marcial, recién salido del cuartel y apenas baqueteado en un tablao de Barcelona. Pero formó un jaleo cuyos ecos aún resuenan en la mente de los aficionados. Fue allí donde estalló el ciclón Poveda que veinte años después no parece tener fin. Conquistó cuatro de los cinco premios del Festival de La Unión de 1993, emblemática lámpara minera incluida, y dejó al respetable patidifuso. Pero nada iba a ser fácil para un payo de Badalona. “¿Y este, qué nos va a contar a nosotros?”, se preguntaron los guardianes de las esencias. Muchos de ellos le retiraron el saludo. Incluso, algunos artistas a los que admiraba. No se dejó amedrentar.

Al poco de ganar el Festival de La Unión tuvo entre su público a Bigas Luna. El cineasta preparaba entonces la culminación de su particular Trilogía Ibérica con La teta y la luna. “Fui a verle actuar en un local muy pequeñito y me conmovió mientras cantaba un martinete”, recuerda Bigas, hoy inmerso en la preparación de Segundo origen, una película en 3D. “No soy experto en voces, pero sí en sentimientos. Y la expresión de su sentimiento me hizo derramar lágrimas aquel día. Solo me ha pasado algo así viendo un espectáculo en tres ocasiones: con una faena de Manzanares padre en la que tras entrar a matar rompió a llorar mientras el animal moría, con unos castellets que se caían y volvían a intentarlo una y otra vez, y viendo cantar a Miguel Poveda un martinete. Enseguida le propuse actuar en La teta y la luna”. También llegaron los primeros discos, que el cantaor no revisita porque reconoce haber grabado en sus comienzos algunas “cancioncitas” de las que huye.

Hoy es, como dice Bigas Luna, “alguien que ha traído una de las cosas más antiguas de este país al siglo XXI”. Su tesón ha pulverizado no solo todos los récords, sino también un buen puñado de tópicos y clichés a los que todavía se agarran como a un clavo ardiendo los ortodoxos másflamencólicos. “Yo no tengo la culpa de que señores como Pansequito o Calixto Sánchez no canten”, argumenta sobre la avanzadilla encabezada el pasado verano por Pansequito para iniciar una cruzada de “los artistas olvidados” ante la Junta de Andalucía, a la que exigieron trabajo y acusaron de “amiguista”, mientras que el también cantaor Calixto Sánchez reclamaba un hueco para los veteranos. Sánchez arremetió en una entrevista concedida al diario Abc contra figuras actuales como Poveda, Arcángel y Estrella Morente, catalogándolos como “cantaores nuevos a los que la Junta y la Diputación dan todo el trabajo”. Poveda responde hoy al respecto: “Sánchez no puede decir que yo no represento al flamenco porque hagan un festival en Londres y vaya yo en vez de él. Yo no le he quitado el pan a nadie y él me critica por ir a Mairena. Oiga, que soy cantaor flamenco. ¿Dónde quiere que cante, en la OTI?”.

Casi todos han acabado con los años rindiéndose ante el genio de un fuera de serie. A Poveda le han galardonado incluso desde la Cátedra de Flamencología de Jerez. Por no hablar de cómo le reciben cada vez que pisa el barrio de Santiago, baluarte de la inspiración más honda del flamenco. Que es un número uno nadie lo duda ya. Si Paco de Lucía y Manolo Sanlúcar han querido estar a su lado en su nuevo disco será por algo. No es que esté de moda. Es el presente y el futuro inmediato del flamenco. No pertenece a ninguna dinastía del género, pero se ha convertido en gerifalte por derecho propio. Ha arrasado por igual ante públicos de Ramala (Palestina) que de Nueva York. Ha colaborado con personalidades tan dispares como el dramaturgo Calixto Bieito, la fadista Mariza, el bandoneonista argentino Rodolfo Mederos, el inimitable bailaor Israel Galván, Santiago Auserón o Martirio. Poveda es el mundo. Ha cantado a Gil de Biedma, Alberti o Valente. Ha colaborado con Serrat en su disco dedicado al poeta Miguel Hernández. Trabajó con Alberto Iglesias para la banda sonora de Los abrazos rotos, de Pedro Almodóvar, donde sentó cátedra con la zambra A ciegas, de Quintero, León y Quiroga. En su discografía han tenido cabida incluso poetas catalanes a los que puso voz con música de Joan Albert Amargós en Desglaç (2005). Se faja con una soleá como puede hacerlo con el fado, la ranchera o el bolero. Y ya solo cabe preguntarse qué le queda por hacer. ¿Entonar un blues, por ejemplo? Poveda se planta. “No puedo caminar por terrenos donde no pise firme”.

Sigue teniendo poquitos amigos. Curro Romero e Isabel Pantoja están entre ellos. “Sí, soy muy pantojero, muy de La Jurado, muy de Marifé y muy de Lola Flores”, afirma entre risas. “No tengo prejuicios a la hora de decir que me gusta un artista, al margen de los elementos negativos que puedan rodearle. De Isabel me gusta su arte, los cuchicheos no me interesan”. Y con el Faraón de Camas acabó tejiendo amistad porque es su vecino de chalé en la urbanización a las afueras de Sevilla, ciudad en la que lleva viviendo casi diez años. “Aquí he sentido el amor de muchos amigos y de la propia Sevilla. Amores de otro tipo también he tenido, pero no muchos. Hoy no hay amor en mi vida. A ver… Soy muy enamoradizo. Y necesito del amor para cantar las cosas. Pero la gente que pasa no siempre merece la pena”.

Con la misma sinceridad ha dicho lo que piensa en más de una ocasión a través de su cuenta de Twitter. Y le enerva el trato que a veces recibe por hacerlo. “Desgraciadamente, no se respetan las ideologías. Cuando mostré mi apoyo al 15-M me dijeron varias veces que cerrara la boca: ‘Ya tienes un disco menos’. Pues yo no tengo una boca solo para cantar, faltaría más. Los recortes en sanidad y educación me dan mucho miedo. Nos vamos a convertir en cachos de carne, en bultos sospechosos, en gente embrutecía. Le doy muchas vueltas a esto. Hago una música que habla de lo cotidiano, de las cosas sencillas… Si no toco suelo, ¿qué coño canto yo?”.

¿Hasta cuándo seguirá arrasando el ciclón? Qué más da. No acaba de llegar, pero parece que lo suyo, como a Messi, no se le acabará nunca. De hecho, abruma como un Messi del cante. Infalible, jondo, arrastraocuando toca, portentoso cuando se requiere. Haciendo gala de un abrumador dominio técnico no exento de gracia y de ángel. El cantaor mira de nuevo hacia ese chopo a la vera del puente de Triana y pega otra calada al cigarrillo light. “A mí me gusta estar desinhibío, estar aquí, con mi madre y con mi hermana, con alguien que sea gracioso. No hace falta ser artista para eso. Si el que está enfrente me da todo eso y, además, se llama Pedro Almodóvar, fantástico. Y si no, también. Me dan mucha pereza las poses. Y hay una parte que envuelve a todo esto que no me gusta. No soy nada artistero. Ni farandulero. No sé cuánto más voy a durar. Hoy tengo 39... Quizá hasta los 55. No me gustaría estar toda la vida en esto. Con el tiempo quiero hacer una antología, pero necesito tener más poso. Contra más cultives todos los sentimientos del ser humano y contra más vivas, más verdaderas vas a decir las cosas en el flamenco”.

La piedra Rosetta del ‘techno’ se ‘expone’ en España


Manuel Göttsching, padrino de la electrónica, interpreta en Madrid su influyente pieza ‘E2-E4’. Solo se ha tocado en directo en cinco ocasiones.



La historia posee todo eso que convierte a una buena anécdota en un imperecedero relato de la gran mitología de la cultura popular. Es 12 de diciembre de 1981 y Manuel Göttsching (Berlín, 1952), héroe de la guitarra cósmica, figura clave del rock alemán de los 70 al frente del grupo Ash Ra Tempel, pierde el tiempo en su estudio berlinés. Tiene previsto volar al día siguiente a Hamburgo "a ver tocar a un amigo". Piensa que no sería mala idea grabar "algo de música para escuchar en uno de aquellos enormes walkmans de la época". "Después de todo", recordaba el artista el Viernes Santo, "entonces en los aviones la música no salía como ahora de los asientos". Conecta los aparatos de su estudio: sintetizadores, secuenciadores, teclados y su guitarra. Poco menos de una hora después, la pieza E2-E4, 59 minutos y 20 segundos de ácida improvisación minimalista a partir de dos solitarias notas que juegan obstinadamente a evitarse, queda registrada para la posteridad de la electrónica y de la música de vanguardia.

"Pensé que como mucho había salido una pieza interesante", explica Göttsching con la paciencia de quien ha rememorado demasiadas veces la misma historia. Treinta años después, E2-E4 (publicado en 1984 con portada inspirada en el ajedrez; el título remite a la estrategia inicial más habitual del juego de mesa) está considerado "uno de los álbumes más revolucionarios e importantes de la historia", según la revista británica Wire. Boletín oficial de la música de vanguardia, dedicó a la pieza su portada de diciembre con motivo del aniversario y de una gira que traerá este jueves a Madrid el pequeño entretenimiento para el avión de Manuel Göttsching (pese a lo que pudiera parecer, no corre sangre española por sus venas). Será en el festival Electrónica en Abril, que cumple 10 ediciones en La Casa Encendida.

La ocasión es ciertamente única: Göttsching solo ha interpretado E2-E4cinco veces en directo. "Al principio, nadie quería escucharla, pasó más bien desapercibida. Cuando su influencia fue creciendo hasta hacerse enorme a finales de los 80, resultaba imposible pagar la producción; básicamente se trataba de trasladar todo mi estudio a un escenario. Algo así solo se sustanció con la llegada de los ordenadores". A Madrid llega con la versión siglo XXI de la pieza: guitarra, secuenciador, mesa de mezclas y portátil.

Cómo una pieza de consumo personal convirtió a su autor en uno de los padrinos del techno y el house (E2-E4es una de las raras cosas que logran poner de acuerdo a ambas hinchadas) resulta una de las historias más fascinantes de la electrónica. A finales de los 80, Göttsching recibió la llamada de unos productores italianos que querían adaptar su música a las nuevas y crecientes audiencias house. El fruto se llamó Sueño Latino y resultó un éxito del que Göttsching debió "ciertamente ganar más dinero".

A aquella siguieron incontables remezclas de la pieza, interpretaciones de orquestas de vanguardia y hasta versiones a piano solo. Quién sabe si porque su poder visionario se topó a mitad de camino con la obsesión por el pasado de nuestra cultura, E2-E4 mantiene su vigencia intacta en 2012.

Pero... ¿de dónde provino aquella explosión de espontaneidad adelantada a su tiempo? "Ya trabajaba en este tipo de sonido desde 1976... y luego estaban los minimalistas, Steve Reich o Terry Riley". También, el compromiso con la experimentación bluesy de su anterior banda, Ash Ra Tempel. Ellos, al igual que otros miembros de una gloriosa generación de la música alemana, no temieron, una vez destruyeron el rock, caer en brazos de sintetizadores y demás cantos de sirena futurista de la modernidad electrónica.

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Archivados junto a Can, Popol Vuh o los primeros Kraftwerk en las enciclopedias bajo escurridizas etiquetas de kosmische musik o kraut rock ("¡no había quién se aclarase!", exclama hoy Göttsching, "¡en Francia nos llamaban musique planante!"), Ash Ra Tempel aún se prestan a toda clase de progresivos malentendidos. "Éramos una generación de huérfanos de la Segunda Guerra Mundial", recuerda su líder. "No combatimos en ella, ni habíamos nacido, pero crecimos en un ambiente de total aniquilación cultural. En los 50, la música alemana, tras gasear u obligar a la emigración a sus mejores mentes, sencillamente no existía. Tuvimos que inventarla, de ahí el reverdecer creativo de finales de los 60".

En su caso, la gloria contracultural incluyó en uno de sus discos (Seven Up) la participación de Timothy Leary. "Resultaba alguien bastante corriente", aclara Göttsching. Quien no acabe de creerse esa definición del científico visionario del LSD, exiliado en Suiza tras ser tildado por Nixon de "enemigo público número uno", deberá esperar al documental que Ilona Ziok, mujer de Manuel, prepara sobre aquella grabación histórica.

As Bach demonstrates, the great story is greater still when it’s sung


It is an amazing feeling, knowing that people have been singing their accounts of the Passion of Christ for at least 1,200 years.





On Tuesday night I sat in King’s College, Cambridge, listening to a powerful performance of Bach’s St Matthew Passion. Presented by the Chapel Choir, other Cambridge choristers, the Academy of Ancient Music, a squad of first-rank soloists and conducted by Stephen Cleobury, we were once again confronted with one of the greatest artistic achievements in history.




Why do the Bach Passions still speak to modern man? And why was the death of Jesus – rather than His joyous resurrection – the prime motivation for these masterpieces? St Paul writes, “if Christ be not raised, your faith is vain”. With that in mind, what is it about his death that has so gripped our culture?




I have just received John Butt’s book Bach’s Dialogue with Modernity. Here he examines the Bach Passions in the context of modern man’s fascination with glories past. Such masterpieces provide a firm challenge to the contemporary conceit that the modern world is always improving. The growing popularity of hearing the Bach Passions leading up to the Easter season in our “post-religious” culture is an intriguing and exciting one.




The ritualistic recitation of Christ’s crucifixion probably began in the 4th century, and the singing of the Passion narrative has been going on from the 8th century. Singing has always been central to the Church. St Augustine said that those who sing pray twice. The “song” of the Church, Gregorian chant, can be traced back to the songs of the Temple and synagogue. It is an amazing feeling, knowing that people have been singing the Passion for at least 1,200 years.




It wasn’t until the 15th century that more complex versions of a sung Passion began to emerge, the earliest example of a so-called motet Passion being attributed to Obrecht. Later there were famous examples by Byrd, Lassus and Victoria. After the Reformation, Luther’s friend and collaborator Johann Walther wrote responsorial Passions which became models for the Lutheran church. Within this environment the development of the “oratorio” Passions of the 16th and 17th centuries paved the way for J S Bach.

Before I encountered any of the great Bach Passions, I was aware of the crucifixion narratives. I’d heard them recited every year as part of the Church’s liturgy. On Good Friday we would hear St John’s account. Sometimes there would be a participatory aspect to the recitation, with the words of Christ delivered by the priest while other characters would be read by deacons or lay readers.

I have taken part in chanted Passions since my undergraduate days. Nowadays I am well used to singing the Narrator’s part in an English plainsong setting of the St John every year with a couple of Dominican friars in Glasgow, where my little choir interjects with the angry responses of the chorus. I am always awestruck at the stark, relentless nature of this way of doing it, and at the dramatic impact it has on the assembly as they relive the last hours of Christ’s mortal life.

To be honest, it is the spiritual highlight of my year, and I have real difficulty singing the final section. In the Catholic liturgy, at the words, “It is accomplished; and bowing his head he gave up his spirit”, the congregation fall to their knees and remain there in prayer before hearing the final part of the narrative, where the legs of the two thieves are broken and Jesus is pierced in his side. Joseph of Arimathea and Nicodemus then take the body away and place it in a tomb. Every year I wonder if my voice is going to crack at the final phrase, which, strangely, is the only one which blossoms into a little melisma: “Since it was the Jewish Day of Preparation and the tomb was near at hand, there they laid the body of Jesus.”

It is not just the Bach Passions that are in ongoing dialogue with modernity. The figure of Christ himself, in his death and resurrection, is in constant, uncontrollable interplay with the mind of modern man.

Last week in Cambridge, I was in conversation with academics, theologians and creative artists about the St Luke Passion, which I am now about to set to music. We all found it curious that the great historical settings of the Passion seem to fillet a portion of Christ’s life, separating it from his early ministry and the post-crucifixion story. There were liturgical reasons for this, of course – the resurrection would eventually have its own musical treatment a few days later. But Bach’s greatest music is about the destruction of Our Lord; his resurrection music is not so memorable. (This could perhaps be said about most composers.)

Modern man, now more detached from his liturgical obligations than ever before, may be able, paradoxically, to see the crucifixion in wider contexts. Can a modern composer, in setting the great tragedy of Jesus, include the resurrection, the risen Christ’s early appearance on the road to Emmaus, and even the ascension? If so, why begin the St Luke Passion at Chapter 22 when Satan entered Judas Iscariot?

These are not simple questions. The “greatest story ever told” began with a terrified Jewish girl saying yes to a heavenly manifestation which brought news of her pregnancy. Bach’s music proves that the Passion of Christ has deep beginnings and profound resonance, even for modern man: he opened up a window on the divine love affair with humanity. The greatest calling for an artist, in any age, is to do the same.

James MacMillan is a composer and conductor.

Anna Karenina – review

 

The Russian choreographer Boris Eifman arrived in London last week following a New York season that saw him greeted with mixed reviews. According to the online magazine NYC Dance Stuff, Eifman "should be lauded for the brilliance of the genius that he is". The New York Times, however, referred to his company's "staggeringly coarse acting" and accused Eifman of "the worst cliches of psycho-sexo-bio-dance-drama".


Eifman has divided the dance world for decades. Born in Siberia in 1946, he trained as a dancer in Moldova, taught at the Leningrad ballet school and founded his own company in 1977. At the time he was the only high-profile Soviet choreographer working in the modernist vein. While classically based, his work borrowed from the expressionist theatricality of European choreographers such as Maurice Béjart, and pieces likeBivocality (1977), set to music by Pink Floyd, offered an alternative to the frozen-in-aspic Kirov Ballet repertoire and the neo-traditionalist creations of Yuri Grigorovitch at the Bolshoi. That said, Eifman's Leningrad Ballet Ensemble was state-owned and financed, and the Brezhnev-era culture ministry would certainly have censored any work in which it detected the slightest hint of subversiveness.


These days, tours of the Eifman Ballet Theatre are rallying occasions for the Russian expatriate community, which was out in glittering force for Tuesday's first night of the choreographer's Anna Karenina. The piece is set to a melange of Tchaikovsky works, and for dance lovers a challenging note is struck in the first seconds with the opening chords of the composer's Serenade in C Major, a score indissolubly wedded to Balanchine's best-loved ballet, Serenade. This is not to say that the work is out of bounds, but the comparisons it sets up are not in Eifman's favour.


Dispensing with subplots, the choreographer strips the novel back to the love triangle of Anna, her husband Karenin and her lover Vronsky. A brief tableau reveals Anna's sailor-suited son playing with a toy train (hint, hint) and then we move straight into a showy duet between Anna (Nina Zmievets) and Karenin (Oleg Markov). Tolstoy's Karenin is a decent if repressed upper-class functionary, determined to believe the best of his wife until forced to admit her infidelity. Eifman turns him into a suave tyrant who expresses his frustration at Anna's remoteness through marital rape.


In the first of many duets, he swings her from side to side, holds her dramatically aloft and launches her into splashy split jetés, to which she responds with wild eyes, outreaching arms and violent stomach contractions. Technically it's impressive, in a manic kind of way; Zmievets and Markov are evidently superbly trained dancers. But there's no sense of the infinite gradations of feeling detailed in the novel; Eifman does not deal in shades of grey.


As the piece progresses we realise that while the choreographer is magnetically drawn to emotional extremes, he's wholly unable to delineate differing emotional states. So passion, ecstasy and despair all share the same language of frenzied gesture and starbursting limbs. All is hyperbole, with the choreography not so much acted as belted out, as if it were being marked by judges for difficulty. This Anna-on-Ice quality reaches its apogee when Karenin has discovered the affair with Vronsky (Oleg Gabyshev), and in the middle of a violent argument suddenly suspends the scene to elevate her in a spectacular one-handed lift, at the height of which both pause for effect.


What would a newcomer to dance take away from Anna Karenina? Awe, probably, at the stamina and technical skill of the performers. Zmievets and Markov are an amazing double act and Gabyshev pulls every manner of balletic trick out of the bag. There's also a statuesque corps de ballet which Eifman deploys to often impressive effect, particularly in Act 2's masked ball.


What's missing is any real integration of dance and music. Eifman's interest in his patchwork Tchaikovsky score extends only to using it as a backdrop. So the characters have no leitmotif or identifying musical themes, and there's no sense of the concurrent development of music and story. Nor, more importantly, is there any leeway for expressive musical phrasing; the performers are far too busy writhing around their partners or shaping vertiginous lifts. Choreography, like any creative form, demands balance. What Eifman offers is yang without yin, force without yielding, the masculine principle unmitigated by the feminine. One can imagine it going down well in Russia in the same way that topless photos of Vladimir Putin go down well. But it didn't quite work for me.


 

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Parsifal - Bavarian Radio Symphony Orchestra/Jansons – review

The Barbican's brutalist ziggurat, one might suppose, bears little resemblance to Monsalvat, Wagner's imagined castle of the Holy Grail which is the setting for Parsifal. It provided a monumental challenge for Valery Gergiev and his Mariinsky Opera of St Petersburg to render this concrete modernity into a place of misty Arthurian legend. That they all but succeeded in Tuesday's concert performance, also given last week in Cardiff and Birmingham, is cause for untrammelled admiration.

Leaps of fantasy are all part of a good night out in the concert hall of course, but Parsifal poses unique sonic difficulties. Wagner wrote it for his own purpose-built opera house in Bayreuth, where it was premiered in 1882. The famous secret of that theatre is the pit: the orchestra is completely hidden beneath the stage, the sound emerging in an all-encompassing entity which supports rather than fights with the singers.

Without that obliging acoustic, the Mariinsky orchestra took time to find the right integrated sound, and the prelude to Act 1 did not bode well, with ensemble uneven and bumpy, the slow chord-changes messy. As the evening progressed, however, the Russian players settled down and proved themselves tireless heroes of this five-and-a-half-hour marathon: strings were precise and disciplined, brass offered a thrilling amalgam of tonal variety, from thundering trombones to glistening, seraphic trumpets. The opening to Act 2, set in the debauched domain of Klingsor (the castrated sorcerer, you may recall), is bolder, faster and less cruelly exposed for the players. Even though the orchestra was not enormous, I'm not sure I have heard this music played louder, which is not necessarily a compliment but it certainly manacles your attention.

The same could not be said for all the singers. Unsatisfactorily, they were placed either side of the stage. If that helped in terms of audibility, it dashed all hope of dramatic sense or focus. Russian pronunciation of German – and yes, we are fine ones to talk – can be particularly hazardous for singers, but was not bad on this occasion. The best singing came from the almighty Larisa Gogolevskaya (Kundry), whose voice seems to break in at least three parts and is often not beautiful but who puts her very soul into each note.

Nikolai Putilin's Klingsor showed comparable force and strength. Yury Vorobiev had an attractive voice as Gurnemanz but, like Avgust Amonovin the title role, seemed text-bound and dull, making the long exchange in Act 3 between the pair well nigh interminable. As Amfortas, Evgeny Nikitin looked restless and even bored until he opened his mouth and sang, with strident conviction, of the agonies and shame of that suspicious wound of his that won't heal.

Gergiev was unhurried in his pacing, but as his recent recording demonstrates, he has a formidable grasp of this work and the longueurs were not of his making: he was cheered wildly at the end. Wagner, hunger, some dull singing and the prospect of a late journey home were as much to blame.

Parsifal culminates in the overwhelming "Good Friday Music". In German-speaking countries the work remains associated with performances on that day, often given in an atmosphere of hallowed, if ecumenically pagan religiosity: sex, disease and death play as large a part as proto-Christianity, Buddhism and Schopenhauer. To err is human but it feels divine, as Mae West might have explained the goings-on in Parsifal. The six flower maidens provided good aural light relief and visual colour in this spooky male-brotherhood world.

Janácek was no more conventional in his religious belief than Wagner. His Glagolitic Mass (1926), set to a suspect version of Old Church Slavonic, was apparently written in a mood of religious ecstasy which could have had something to do with his late-flowering passion for a much younger married woman. The Czech novelist Milan Kundera called it "more an orgy than a mass". That scalding clash of sacred and profane was expressed in a blistering performance by the Bavarian Radio Symphony Orchestra and Chorus under their chief conductor,Mariss Jansons, at the Lucerne Easter festival last weekend.

Moscow-born soprano Tatiana Monogarova as the "maiden-angel" led the soloists in this intense work, with its uncomfortably high-lying tenor and brass writing, which creates an atmosphere of endless nervous pressure and release. Perhaps Kundera was right. Near the end, the solo organist lets rip orgiastically. The superb Latvian virtuoso Iveta Apkalna, who studied at the Guildhall School of Music and Drama in London, brought rare glamour to the organ loft, visible on high in Lucerne's contemporary white auditorium.

This was a star event, one of three concerts by this outstanding Munich-based orchestra who are now among the leading ensembles in the world. Their style is generous, warm and big-hearted, their relationship with Jansons one of mutual adoration. In these programmes of Brahms (Symphonies 2 and 4) and, under the baton of Bernard Haitink, Bruckner's Fourth Symphony, the timpanists and principal horn were notably dazzling. Maria João Pires was the soloist in Mozart's Piano Concerto No 20 in D minor, K466, sensitively accompanied by Haitink and the orchestra. Her account was entirely about Mozart, not a jot about her. Few performers are more wholly at the service of the composer than this marvellous and modest Portuguese veteran player.

Lucerne's Easter festival, increasingly a rival to the recently troubledSalzburg one, attracts only the best: this past week András Schiff conducted Bach's B minor Mass, the King's Consort and the Hilliard Ensemble sang requiems by Mozart, Palestrina and Victoria, and the week opened with an appearance from the near-mythical Claudio Abbado and his Orchestra Mozart, who will be back for Lucerne's summer festival.

The atmosphere is scarcely penitential but there is a distinct mood of artistic fervour among the audience. As the festival director, Michael Haefliger, who founded the event in 1988, has said, these Easter concerts are a way of bringing together all sensibilities: "the orthodox and the heretics, the doubters and the God-fearing". Wagner, who had a decidedly non-God-fearing lakeside ménage in Lucerne when Parsifalwas only a dream on his artistic horizon, could hardly have expressed it better.

sábado, 7 de abril de 2012

Berne: Chiara Skerath, géniale Despina

La Scène, Opéra:


Berne. Stadttheater. 3-III-2012. Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) : Così fan Tutte, opéra bouffe en deux actes sur un livret de Lorenzo da Ponte. Mise en scène : Daniel Karasek ; Décors : Lars Peter. Costumes : Claudia Spielmann. Lumières : Jacques Battocletti. Avec : Agnieszka Slawinska, Fiordiligi ; Claude Eichenberger, Dorabella ; Chiara Skerath, Despina ; Eung Kwang Lee, Guglielmo ; Andries Cloete, Ferrando ;Armand Arapian, Don Alfonso. Chœur du StadttheaterBern (direction : Zsolt Czetner), Berner Symphonieorchester, direction : Judith Kubitz.

 

Alors que le public prend place, devant le rideau encore fermé, une femme de ménage passe l’aspirateur sur le devant de la scène. Son travail ne sera interrompu que lorsqu’un membre de la fosse d’orchestre lui demandera de cesser ce bruit incongru. Malgré son incompréhension devant cette intervention qui ne dit faire que ce qu’on lui a ordonné, elle quitte en maugréant le devant de la scène. Lorsque le rideau s’ouvre, sur l’image d’un plafond d’une hypothétique Chapelle Sixtine représentant l’histoire d’Adam et Eve, la jeune femme de ménage est assise sur son aspirateur tout étonnée d’être sous les feux des projecteurs devant une salle pleine de public. Elle est bientôt chassée de la scène par le Don Alfonso qui doit ouvrir le spectacle. La scène est jouée avec tant de naturel qu’on s’étonne de revoir cette même femme de ménage sur la scène, quelques minutes plus tard, dans le rôle de Despina.

Cette entrée en matière insolite puis le régal théâtral, cette soirée le doit d’une part, à l’excellence de la mise en scène de la mise en scène de Daniel Karasek et d’autre part, au jeu formidablement pétillant de la jeune Chiara Skerath(Despina). Bien sûr, le rôle de la servante dans Cosi fan Tutte est du pain béni pour toute chanteuse douée de sens du théâtre. Mais, avec la prestation scénique de Chiara Skerath, on sublime le rôle. Déjà remarquée dans Les Joyeuses Commères de Windsor d’Otto Nicolaï en janvier de l’an dernier, elle récidive ici avec un enchantement de tous les instants. Quelle drôlerie ! Quel sens du comique de situation ! Quel entrain ! Le geste toujours juste, la voir « boire un coup » en aparté sur le côté de la scène force l’hilarité. L’entendre s’esclaffer de rire (son rire ?) avec une franchise sonore est communicatif à tout le public.

Mais Chiara Skerath n’est pas que théâtre. Elle chante admirablement. Dominant l’agilité mozartienne sans apparente difficulté, la voix claire, agile à souhait, la très jeune soprano suisse (elle n’a que 24 ans !) s’affirme comme une prodigieuse interprète. Dans la personnification des autres personnages de cette farce, elle se paie le luxe de transformer sa jolie voix en deux autres voix éraillées. L’une d’un burlesque renversant, pour la scène du médecin appelé au chevet de Guglielmo et de Ferrando, l’autre pour celle toute aussi cocasse du notaire scellant le mariage des couples « recomposés ». Et tout cela sans jamais trahir l’esprit ni la lettre de Mozart. Aujourd’hui, le mot « génial » est galvaudé, mis à toutes les sauces télévisuelles, mais dans la variété d’interprétation tant vocale que théâtrale de ce rôle, peut-être n’est-il pas totalement exagéré de dire qu’il y a du génie chez Chiara Skerath.

Toute cette verve théâtrale n’aurait certainement pas aussi excitante sans la direction d’acteurs du metteur en scène Daniel Karasek qui a magnifiquement su utiliser les capacités de chaque protagonistes. Tous sont parfaitement en phase avec l’intrigue. Même les immobilités du chœur (musicalement très bien préparé) sont superbement bien réglées. Et quelle intelligence de lecture de l’œuvre mozartienne et quel soin du détail ! Ainsi, lorsque le chœur apparaît pour appeler Guglielmo et Ferrando à l’appel de la guerre, leur présence aurait été incongrue si Don Alfonso ne se chargeait de les payer discrètement pour leur participation à la farce.

Mettre en scène six personnages sur un plateau circulaire, avec pour seuls meubles une petite quinzaine de chaises (elles sont quatorze !) de toutes espèces peut vite devenir ennuyeux si le réglage des scènes n’est pas parfaitement contrôlé. Grâce à ce climat favorable et à la présence catalysante de Chiara Skerath, tous se fondent dans l’intrigue avec entrain.

Excellent acteur, Andries Cloete (Ferrando) chante son Mozart avec sensibilité. Très apprécié son Un aura amorosa excuse largement une très légère et passagère baisse de forme vocale en fin du dernier acte. La voix bien campée, le baryton Eung Kwang Lee (Guglielmo) (en seconde distribution) confirme son aisance vocale dans un vibrant Tradito, schernito au second acte. De son côté, le baryton Armand Arapian (Don Alfonso) déçoit. La voix usée, souvent détimbrée, il tend à chanter trop fort accentuant encore la fatigue de son instrument.

Du côté féminin, la distribution bernoise réserve une très agréable surprise avec la prestation de la soprano polonaise Agnieszka Slawinska (Fiordiligi). La jeune soprano n’est pas une inconnue de nos lignes puisqu’elle a été entre autre une brillante Musetta de la Bohème à Strasbourg en octobre 2011 et comme une belle Pamina de Die Zauberflöte à Luxembourg en janvier 2011. Capable des plus éthérés pianissimo comme de forte les plus impressionnants, elle se sent à l’aise dans le chant mozartien. Avec son personnage entier, bien campé, elle convainc pleinement dans son rôle quand bien même sa jeune technique vocale l’empêche encore de maîtriser son legato dans les notes de passage. A ses côtés, si le chant parfois heurté de Claude Eichenberger (Dorabella) nuit un peu à la compréhension de son texte, elle compose un intéressant personnage dont l’ambiguïté partagée entre un calvinisme pur et dur l’oppose à une attirance pour la bagatelle.

Une réussite totale qui, outre la mise en scène, le doit aussi à la direction attentive et sensible de la cheffe d’orchestre allemande Judith Kubitz. Dans la fosse, le Berner Symphonieorchester manque encore de sensibilité entre les pupitres (Dieu ! que ces cuivres sont souvent trop bruyants et peu précis) mais ses efforts pour que Mozart sorte vainqueur de cette soirée ont été néanmoins couronnés de succès. Un succès confirmé par les applaudissements nourris d’un public visiblement heureux de leur soirée.

Crédit photographique : Robin Adams (Guglielmo), Armand Arapian (Don Alfonso), Andries Cloete (Ferrando) ; Robin Adams(Guglielmo), Armand Arapian (Don Alfonso), Claude Eichenberger (Dorabella), Agnieszka Slawinska (Fiordiligi), Andries Cloete (Ferrando), Chiara Skerath (Despina) © Philipp Zinniker.

Moving, Sublime Moments in BSO Brahms Requiem

“Selig sind die Hörer!” (Blessed are those who hear!) Last evening, the venerable maestro, Christoph von Dohnányi led the Boston Symphony Orchestra, the Tanglewood Festival Chorus, soloists Anna Prohaska and Hanno Müller-Brachmann in Brahms’s Ein deutsches Requiem at Symphony Hall. Prohaska’s appearance marks her debut with the BSO, adding to her extensive experience in opera, lieder and oratorio. Müller-Brachmann has been featured as a soloist with several of the world’s most prominent ensembles under conductors of equal renown; he has also studied with a number of prestigious coaches, including one of the leading interpreters of 19th-century German lieder, Dietrich Fischer-Dieskau.

The combined forces offered a sensitive, supple interpretation of the work’s varied textures and temperaments, and the chorus displayed a remarkable unity of concept in their rendition of the Lutheran texts conveying Brahms’s humanistic spiritualism. This high level of unification included an impressive rapport between conductor and chorus, conductor and orchestra, and even the less-frequently-found rapport between chorus and orchestra, all of which was well served by the chorus’s memorization of the work.

The only disappointment of the evening was the soloists. Although both executed their parts skillfully and gracefully (aside from an awkward initial entrance by Prohaska in the fifth movement), neither seemed to engage in the style or substance of Brahms’s work, remaining firmly in their own professional “terra firma.” Müller-Brachmann’s comportment, from his facial expressions to his posture (in addition to his singing style) were closer to what one would expect in of a light-hearted song cycle by Schubert or Schumann, the performance falling far short of the gravity of the baritone soloist’s quasi-theological texts. In the same manner, Prohaska’s performance largely resembled the light-hearted coloratura roles with which she has established her professional career rather than the tender mother figure that Brahms personified in the soprano solo from the fifth movement.

Soloists aside, the ensemble communicated Brahms’s message of “comfort for the living, rather than the beloved departed” (to paraphrase the composer) in a very moving fashion. A small amount of reticence at the opening of the performance completely vanished by the return of the first movement’s opening music, a moment that what was perhaps the most sublime of the entire evening. If the recapitulation of the first movement was the most sublime, then the return of the opening text in the second movement (“Denn alles fleisch es ist wie Grass/Then all flesh is as the grass”) was certainly the most moving. The ensemble offered a very tender rendition of the simply textured fourth movement, and its promise of eternal blessing after death. The sixth movement had its high and low points: the chorus’s staccato articulation at the opening led to a loss of the “horizontal” qualities of the musical and textual line, though the fluidity and intensity of lines that followed created a very effective buildup to the Vivace of the triumphant, “Tod, wo ist dein Sieg?” (Death, where is your victory?) Dohnányi’s choice of tempo in the Vivace was very exhilarating, though it was generally too fast to allow the chorus effectively to articulate of the syntax of the text. All of these issues disappeared, however, in the group’s exuberant rendition of the movement’s closing fugue. The final movement, “Selig sind die Toten, die in dem Herrn sterben” (Blessed are the dead, who die in the Lord), offered a touching close to the group’s stirring performance.
Joel Schwindt is currently pursuing a Ph.D. in musicology at Brandeis University. In addition to performances as a vocalist and conductor, his writings have been published by the Baerenreiter-Verlag publishing house and the Choral Journal.

jueves, 5 de abril de 2012

Sugerente inicio

Cuenca, 31/03/2012. Catedral. Marcos Portugal (1762-1830): Missa Grande. Caroline Marçot (1974): Quetzal (Estreno en España). Luanda Siquiera, soprano. Charles Barbier, soprano. Karine Audebert, alto. Hervé Lamy, tenor. Sorin Adrian Dumitrascu, bajo. Frédéric Bourreau, bajo. Choeur l’Échelle. Bruno Procopio y Charles Barbier, dirección. 51 Semana de Música Religiosa. Concierto 1.

Tal vez, la Semana de Música Religiosa de Cuenca sea el festival, nacido en la noche más oscura del franquismo, que mejor ha sabido adaptarse al devenir de los tiempos. La variedad y actualidad de estilos y estéticas ofrecidas, conjuntos, solistas y autores, hace que año tras año renueve su atractivo, y van 51. También en un año tan difícil como el actual, del cual Rajoy acaba de decir que “no va a ser bueno”, a pesar de la asfixia a la que nos tiene sometidos. En su programación se combina sabiduría e imaginación, lo frecuente con lo infrecuente, lo conocido con lo desconocido, el músico consagrado, con el compositor en ciernes, dando lugar a una rejilla sugerente, con visos de hacer disfrutar, en sus dieciseis conciertos, tres liturgias, unas jornadas de introducción al canto gregoriano y una irresistible “visita acústica a la catedral”, a quien tenga la suerte de poder asistir a todas las sesiones.

Entre lo desconocido, la Missa Grande de Marcos António da Fonseca Portugal (Lisboa, 1762-Río de Janeiro, 1830). Compositor luso-brasileño admitido en el Seminário da Patriarcal de Lisboa con nueve años, pupilo de João de Sousa Carvalho en composición, canto y órgano. Su éxito europeo se debió fundamentalmente a la composición de piezas sacras y de numerosas óperas, que como en el caso de nuestro Ramón Carnicer, fueron fagocitadas por la fama de Rossini. Fue director del Teatro do Salitre y del San Carlo, y maestro de capilla de la corte. Con la invasión franco-española, bajo el mando del Mariscal Junot (Godoy había invadido Portugal en 1801 con ayuda de Napoleón), el regente, futuro João VI, trasladó la capital a Río de Janeiro en 1807. Pero no será hasta tres años después, cuando Marcos Portogallo abandonase Lisboa para establecerse al servicio del príncipe Pedro, primer emperador del Brasil. Portogallo es el autor del antecedente del actual himno nacional luso, el Himno Patriótico Vencer o morir inspirado en la parte final de la Cantata La Speranza o sia l’Augurio Felice, compuesta y ofrecida por el autor al príncipe regente por su cumpleaños en 1809. En 1822 compuso otro himno, esta vez, A la Independencia de Brasil.

Como destaca en reiteradas ocasiones António Jorge Marques, en sus notas al programa, laMissa Grande es un ejemplo de puesta en escena del poder real, aquella primera y más primitiva red, ritual sacrificial, de las cuatro que establecía Jacques Attali, en su ya clásico libro Ruidos, ensayo sobre la economía política de la música (Ruedo Ibérico, 1977). Consecuentemente, aunque la versión ofrecida en este primer concierto de la 51 SMR fuese para basso continuo (en este caso el órgano de la Epístola) y canto gregoriano, se adivina en ella la ampulosidad que debió tener en su escritura original para orquesta. Parece ser que la misa fue un encargo, de entre 1782 y 1790, de María I, reina religiosa y caritativa, apodada la Piadosa o la Demente, madre de João VI. Fue compuesta para la fiesta de Santa Bárbara en la capilla real del palacio de Queluz y según avisa Marques, la edición utilizada por L’Echelle es la edición crítica preparada por él mismo [Marcos Portugal, Missa Grande, Lisboa, Coro de Câmara de Lisboa, 2009].

En canto llano se desarrollaron las partes del propio de la misa: ‘Introito’ en la nave del Evangelio por las voces masculinas; ‘Graduale’, en el mismo lugar, por las voces femeninas; ‘Ofertorio’ en la nave de la Epístola por las voces femeninas y ‘Comunio’ cantada tres veces –hombres, mujeres y ambos simultáneamente– desde ambas naves hasta entrar en el altar mayor, dando lugar a una hermosa monodia octavada. Las partes compuestas por Portugal destacan por el uso frecuente de la fuga (todas a cuatro), por los numerosos concertatientre solistas o solistas y coro y por el uso abundante de la coloratura, es una misa muy floreada. También son muy interesantes las modulaciones que el autor introduce en Qui tollis peccata mundi del ‘Gloria’ o Miserere Nobis del ‘Agnus Dei’. El final del ‘Gloria’ es un dúo entre soprano y sopranista, dando lugar a una cadencia un tanto exótica. Olivier Houette al órgano constituyó un bello y expresivo continuo desde el preludio y fuga inicial. Estuvo atento, con un claro sentido del conjunto, aunque con alguna irregularidad en eltempo en los pasajes a solo.

En general las voces sonaron mejor en conjunto que por separado, percibiéndose también diferencias de claridad entre las agudas y las graves, éstas mucho mejor proyectadas –sobre todo los dos bajos– y se echó de menos en algún momento mayor masa sonora –Amen del ‘Credo’–. En algunos casos los ataques de alguna de las voces agudas fueron un tanto rudos, lo que desmerecía el conjunto, llegando al grito en la primera intervención solista –Et in terra pax hominibus–. La colocación del conjunto en el coro de la catedral, escorado, frente al órgano de la Epístola, y del público de espaldas a él, no facilitó la comprensión del texto, ya que la proyección del conjunto no era directa hacia el Altar Mayor. Sorprendió el color oscuro y la profundidad del sonido de Karine Audebert. Otro elemento que sobresalía en demasía del conjunto fue el timbre del soprano y director de las partes de canto llano, Charles Barbier. Rémora de los castrati que interpretaban las voces agudas.

Sin solución de continuidad el Choeur L’Echelle, conjunto residente de esta edición, interpretó la breve pero extremadamente dificultosa Quetzal ya en el Altar Mayor. La cual se podría denominar como metacanción, pues en ella Caroline Marçot yuxtapone con mucha habilidad un canto pastoril, una nana guadalupense, un canto marinero bretón y una serenata corsa, dando lugar a una rítmica muy compleja, a una textura exótica y a una endiablada afinación. Todo ello solventado con seguridad y virtuosismo por el conjunto francés. En la segunda y última obra del concierto pudimos apreciar la precisión y elegancia de la técnica de dirección de Charles Barbier. En alguna de las partes de gregoriano de la misa habíamos podido ver la plasticidad de su gesto. La dirección de Bruno Procopio se adivinó, más que se vio, dejando surgir el fraseo y conjuntando con precisión los momentos rítmicos, nada fáciles, de la misa.

Llegará la tetralogía de Wagner al Auditorio Nacional

La megaproducción de Robert Lepage será transmitida desde el Metropolitan Opera de Nueva York.

Como parte del "Festín wagneriano", el Auditorio Nacional, de la capital mexicana, proyectará desde el Metropolitan Opera de Nueva York "La Valquiria", "El oro del Rin", "Sigfrido" y "El ocaso de los dioses", óperas que componen la famosa tetralogía "El anillo del nibelungo".

El espectáculo, producido por Robert Lepage, estará compuesto por 19 horas de música que podrán ser disfrutadas entre el 26 y 27 de mayo, y el 2 y 3 de junio.

Además, el 21 de mayo se presentará en El Lunario del Auditorio, el documental de Susan Froemke, ganadora de cuatro premios Emmy, "El sueño de Wagner", que a lo largo de dos horas expone el proceso creativo de Lepage para realizar este montaje, sobre la obra de Wagner.

Luego de las temporadas "El oro del Rin-La Valquiria", entre 2010 y 2011, así como "Sigfrido-El ocaso de los dioses", en 2011 y 2012, la Metropolitan Ópera traerá a México este trabajo en el que invirtió 16 millones de dólares, a través de una pantalla gigante para que el público mexicano pueda apreciarla.

Participarán diversos intérpretes operísticos entre los que destacan la soprano Deborah Voigt, en el papel de Brunilda, el barítono Bryan Terfel como Wotan, Jay Hunter Morris será Sigfrido y Eric Owen tomará el papel de Alberich.

Ejecutarán la obra, enmarcados por una escenografía de 45 toneladas denominada "La Máquina", que recrea bosques, ríos y murallas para el desarrollo de una historia inspirada en leyendas nórdicas de dioses, gigantes y seres humanos.

"El oro del Rin" y "La Valquiria", estarán bajo la dirección orquestal de James Levine, mientras tanto Fabio Luisi conducirá "Sigfrido" y "El ocaso de los dioses", en un escenario con múltiples recursos materiales y artísticos, que se han empleado desde el estreno que llevo a cabo el propio Wagner en 1876.

La lucha por obtener un anillo mágico que otorga poder absoluto a quien lo posea, es el hilo conductor de "El oro del Rin", ópera en la que existe una lucha a muerte entre un dios, un líder nibelungo y un grupo de gigantes, quienes establecen la incompatibilidad entre el poder y los buenos sentimientos.

"Sigfrido" es un héroe que se enfrenta con un dragón que vigila el anillo.

Por otra parte, "El ocaso de los dioses", trata sobre el amor y la envidia que confunden a Sigfrido a causa de una poción mágica, mientras que "La Valquiria", narra la historia de unos gemelos que fueron separados violentamente, pero vueltos a unir por el destino.

En un comunicado, el Auditorio Nacional informó que a través de esta programación pretende promover las bellas artes entre el gran público y su vocación como espacio plural e incluyente.

miércoles, 4 de abril de 2012

El psiquiatra del barroco

Philippe Herreweghe actuará en España a finales del mes de abril.

Así como Borodin era médico y Sinopoli fue psiquiatra, el director flamenco Philippe Herreweghe ingresó también en las facultades de medicina y psiquiatría de Gante, compaginando ambas carreras con los que recibía en el Conservatorio, de piano, órgano y dirección de orquesta. Con el tiempo, y para fortuna de los melómanos, la música venció y él fundó el Collegium VocaleGent. Su profundo conocimiento de la mente y del cuerpo le han facilitado una comprensión profunda de la música, en especial la del barroco, y muy concretamente la de Johann Sebastian Bach, a lo cual ha ayudado también su colaboración con dos bachianos de excepción como Harnoncourt y el recientemente fallecido Leonhardt, con quienes grabó en los años 70 y 80 la integral de las cantatas.

Desde aquellos tiempos este adalid del historicismo ha vivido mucha música y su repertorio se ha extendido en los siglos hasta dominar Beethoven (acaba de completar en Pentatone una renovadora integral de sus sinfonías con la Royal Flemish Philharmonic) y alcanzar lejanías como Mahler y Stravinsky, pero los amores de juventud nunca mueren, y en la frontera de abril y mayo dirigirá en Vic y Barcelona a su Collegium Vocale en La Pasión según San Mateo de Bach. Su grupo se quedará en España unos días más para interpretar en Madrid un programa mozartiano bajo la dirección de Jos van Immerseel.

Herreweghe, cuyo flamante sello propio Phi demuestra su inagotable inquietud y actividad, ha lanzado recientemente al mercado un disco con obras para coro y orquesta de Brahms y dos excelentes álbumes que insisten en la maravillosa música de Bach con la integral de los motetes y la Misa en si menor. Podemos esperar un buen flujo de lanzamientos, pues el maestro belga tiene previsto grabar tres discos cada año con el Collegium Vocale Gent y uno o dos con la Orchestre des Champs-Elysées de París.

Ferrán Adriá, con los Ministrers

El innovador cocinero participará en la nueva producción del director valenciano Carles Magraner, dedicada a las ensaladas renacentistas.

La nueva producción del violagambista y musicólogo Carles Magraner al frente de Capella de Ministrers sobre las ensaladas de Mateo Flecha y Bartolomé Cárceres contará con una colaboración de lujo, la del cocinero Ferran Adrià. El nuevo trabajo de la formación valenciana estará editado en versión libro-disco e incluirá la grabación en CD de 4 de estas ensaladas del siglo XVI, un DVD con un concierto en directo y un videoclip grabado en la Lonja de la Seda de Valencia, además de un texto exclusivo del afamado chef en torno al ritmo en la música y en la cocina. De esta manera, el nombre de Ferran Adrià se sumará a las habituales colaboraciones de Carles Magraner en su actividad musical, entre las que destacan las de reconocidos directores como Álex Rigola, Juli Leal, Vicent Genovés, Jaume Martorell y Bigas Luna, o escritores como Mario Vargas Llosa en su reciente trabajo sobre Tirant lo Blanch.

En el ámbito musical, ensalada es el nombre que daban los músicos españoles del siglo XVI a una composición vocal polifónica en la que se mezclaban los géneros religioso y profano, idiomas o dialectos y otros componentes, amalgamando además lo cómico, lo serio, lo popular y lo épico. El director valenciano se puso en contacto con Ferran Adriá debido a su “manifiesta sensibilidad para entrelazar los sentidos con la comida”. En una conversación mantenida entre el chef y el director, Adriá sugirió escribir sobre el ritmo, la estructura y su ordenación en el tiempo como elementos comunes en ambas disciplinas. Y es que para Ferran Adrià el ritmo y el tiempo se han transformado en uno de los ingredientes más importantes a la hora de elaborar sus menús, al igual que es un ingrediente indispensable en las recetas de los repertorios elaborados por Carles Magraner. Este nuevo trabajo de Capella de Ministrers, que cuenta con la colaboración del Institut Valencià de la Música, la Universitat de Valencia y la Associació Cultural Comes, se presentará el próximo 6 de mayo en la Feria del Libro de Valencia.

lunes, 2 de abril de 2012

Fernando de la Mora inaugura la edición 26 del Festival Cultural de Zacatecas

El tenor Fernando de la Mora inauguró la noche del sábado la 26 edición del Festival Cultural de Zacatecas con un concierto que exaltó los valores, el civismo, el nacionalismo y la mexicanidad, donde el público se le entregó totalmente, sobre todo en la interpretación del repertorio de música ranchera.

En una Plaza de Armas apenas llena y sin importar el viento y el frío que durante la mayor parte de la noche azotó el lugar, las y los zacatecanos se entregaron totalmente al intérprete, en este que es el primero de los conciertos musicales del festival cultural.

En la primera hora del espectáculo, De la Mora interpretó canciones contenidas en su nuevo disco Pasión Italiana, acompañado de la Orquesta Sinfónica de Zacatecas y del Quinteto de Gonzalo Romero.

Entre las canciones con las que agasajó a los asistentes estuvieron María Elena, Alma mía, Quiéreme mucho, Temor, Voy a apagar la luz y un popurrí de Pedro Infante, con Viva mi desgracia, Adiós Lucrecia, 100 años, Linda muñequita y Granada, entre otras.

Sin embargo, durante la segunda parte del espectáculo se ganó el corazón del público cuando entró el mariachi Gamma Mil para interpretar su repertorio mexicano, por lo que consiguió que de pie le aplaudieran, cantaran y corearan Paloma, Si nos dejan, La Bikina y Ella.

Luego hizo un recorrido por el país y le cantó a la Ciudad de México, Jalisco, Aguascalientes, Chihuahua y Sonora, así como a Coahuila, Guanajuato, Veracruz, Guerrero, Michoacán, San Luis Potosí, Puebla, Nuevo León y Sinaloa.

Sin duda alguna se llevó las palmas cuando cantó el segundo himno de México, La Marcha de Zacatecas, porque hasta el auditorio se puso de pie y le aplaudió incansablemente.

Durante el intermedio, De la Mora llamó a la población a recuperar los valores y la ética para salvar a México, y pidió también destinar recursos a los festivales culturales como el de Zacatecas, porque es la forma que se tiene para tener un mejor país.

Luego retomó el concierto para dar un gran cierre con canciones como El rey, Amor eterno y México lindo y querido.

Finalmente el tenor concluyó el evento con un espectáculo de juegos pirotécnicos.

FRASE

"Realizar festivales culturales como éste no es un gasto, es una inversión para salvar a México de la crisis"

Fernando de la Mora,

tenor

PARA SABER

Festival con 228 espectáculos


Duranteel Festival Cultural de Zacatecas, máxima fiesta cultural del pueblo de dicha Entidad, se presentarán 268 espectáculos, la mayoría gratuitos, en las diversas plazas y plazuelas de la capital del Estado y varios de los municipios zacatecanos.

Los trabajadores del Liceo organizan su propio concierto

Cantantes como Roberto Alagna, Joan Pons y Ainhoa Arteta actuarán gratis en el coliseo el próximo 22 de abril

Los trabajadores del Gran Teatre del Liceu de Barcelona quieren demostrar que el teatro sigue vivo pese a las amenazas de ERE y huelga, y una programación cancelada de la cual la dirección sólo consiguió recuperar al 100% un título, Pélleas et Mélisande. El concierto especial, al margen de la dirección, que tendrá a los cantantes Roberto Alagna, Joan Pons y Ainhoa Arteta, y a los directores Bertrand de Billy, Sebastian Weigle, Michael Boder y Josep Pons así como otras estrellas por desvelar como principales reclamos, tendrá un único precio de 15 euros, y además se colocará una pantalla gigante para que pueda seguirse desde las Ramblas. Otros cantantes, como Plácido Domingo, no podrán asistir por problemas de agenda, pero enviarán vídeos de apoyo. El concierto evidencia la distancia cada vez más grande entre el comité de empresa y los gestores del teatro, ya que de hecho, antes de este proyecto la dirección había previsto para el día 22 por la tarde otro concierto que han tenido obligatoriamente que retirar de programa.

El violinista de la orquesta Charles Courant ha explicado que el objetivo es agradecer el apoyo del público, los abonados y los mecenas en los últimos meses. Courant ha remarcado que la retirada del ERE no ha llevado la paz al Liceu, porque el teatro es una gran máquina “que se atasca si la incompetencia y la mezquindad se apoderan de su engranaje”. Este concierto se está preparando fuera del horario laboral, y los que en él participarán no cobrarán por todas las horas extra que ello implica, además los cantantes actuarán gratis, recibiendo sólo transporte y alojamiento.

domingo, 1 de abril de 2012

Rinden homenaje en Bellas Artes a Conchita Valdés

Durante la celebración se pudieron ver proyecciones de la vida y presentaciones de la cantante.

La soprano Conchita Valdés, quien falleció el pasado 24 de enero, fue homenajeada en la Sala Manuel M. Ponce, del Palacio de Bellas Artes, en esta capital.

Valdés, quien interpretó óperas como "La Boheme", De Giacomo Puccini (1858-1924) y "Tata Vasco", de Miguel Bernal Jiménez (1910-1956), fue recordada anoche a través de la proyección de diversos videos, con lo mejor de sus presentaciones.

Bajo la guía del especialista musical Francisco Méndez Padilla, la velada comenzó con la proyección de una de las primeras presentaciones de Valdés, en 1952, con el papel de "Magdalena", en la obra "Andrea Chenier", del compositor italiano Umberto Giordano, informó el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en un comunicado.

Francisco Méndez recordó que la artista, desde muy temprana edad, dio muestras "de su talento para el canto; estudió en el Conservatorio Nacional de Música, con el maestro Felipe Aguilera, uno de los más importantes barítonos mexicanos".

Durante el homenaje también se pudieron ver las presentaciones de Valdés en "L'Ampor dei tre Re", del italiano Pietro Mascagni (1863-1945), además de su interpretación de "Mimí", en "La Boheme", en 1957. Siguió la proyección de sus actuaciones como "Nedda", en la ópera "Pegliacci", con libreto de Ruggero Leoncavallo, así como sus participaciones en "Boris Godunov", de Pétrovich Mussorgski, y su memorable actuación en "Aida", de Giuseppe Verdi (1813-1901).

Para concluir el acto, Francisco Méndez recordó que Valdés fue una de las "artistas de su generación que nos legó, a través de su canto, todo un universo de matices y de inolvidables actuaciones, que aún resuenan en la memoria de la ópera nacional e internacional".

Conchita Valdés nació en la Ciudad de México, el 25 de noviembre de 1928 y murió la noche del 24 de enero de 2012, en Morelia, Michoacán.

jueves, 22 de marzo de 2012

Violinista virtuoso

San José de Costa Rica, 16/03/2012. Teatro Nacional. Philippe Quint, violín (Antonio Stradivarius, Cremona, 1708). Orquesta Sinfónica Nacional (OSN). Director invitado: Nan-se Gum. Ho-jun Lee, Unificación de amigos. Ástor Piazzolla, Las cuatro estaciones porteñas. Antonin Dvorák, Sinfonía N° 6, en re mayor, opus 60. Concierto de inauguración de la temporada oficial 2012.

Celebrada este año en el marco del Festival Internacional de las Artes (FIA 2012), la apertura el viernes 16, en el Teatro Nacional (TN), de la temporada oficial de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN), estuvo engalanada por la prodigiosa interpretación, de parte del violinista ruso-estadounidense Philippe Quint, de Las cuatro estaciones porteñas, del argentino Ástor Piazzolla (1921-1992).

La emblemática obra de Piazzolla se escuchaba por vez primera en el país en la versión para violín solo y orquesta de cuerdas arreglada por el compositor y director de orquesta ruso Leonid Desyatnikov.

La circunstancia de que Corea del Sur fuera el invitado especial del FIA propició que la inauguración de la temporada estuviera a cargo del director surcoreano Nan-se Gum y que en el programa figurara el estreno nacional de Unificación de amigos, pieza para ensamble de cuerdas del compositor surcoreano Ho-jun Lee.

El programa del concierto de apertura se completó con la Sinfonía N° 6, en re mayor, opus 60, del compositor checo Antonin Dvorák (1841-1904).

Piazzolla

El inimitable músico argentino compuso Las cuatro estaciones porteñas entre 1965 y 1970, en semejanza a Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, una serie de cuatro conciertos para violín, orquesta de cuerdas y clave, pero, a diferencia de las alusiones a la naturaleza en la obra del compositor barroco italiano, el argentino pincela impresiones del cambiante entorno netamente urbano, a lo largo del ciclo temporal, de su Buenos Aires querido.

En su inconfundible estilo de tango nuevo, Piazzolla escribió Las cuatro estaciones porteñas para su propio quinteto, formado por violín, piano, bandoneón, guitarra eléctrica y contrabajo.

A fines de la década de 1990 (no en el 2009, como erróneamente se indica en el programa de mano), Leonid Desiatnikov acercó la obra del argentino al modelo de Vivaldi, arreglándola para violín solo y conjunto de cuerdas.

Junto a la difícil reelaboración del acompañamiento de las cuerdas y la escritura virtuosística para el violín solo, Desyatnikov reestructuró en tres partes los movimientos únicos de Las cuatro estaciones porteñas, e hilvanó de manera ingeniosa referencias a la obra de Vivaldi en la urdimbre de su arreglo. Por ejemplo, en Verano porteño cita elInvierno de Vivaldi, para acatar la inversión de las estaciones según los hemisferios boreal y austral.

[caption id="" align="aligncenter" width="374" caption="Momento del concierto "][/caption]

Interpretación

En su primera presentación en el país, Philippe Quint forjó una ejecución portentosa como solista en el violín, distinguida mediante una pericia técnica deslumbrante, la entonación impecable y los timbres traslúcidos que obtuvo del instrumento, un apreciable Stradivarius, conocido como El rubí.

Asimismo, el acompañamiento de las cuerdas de la OSN se distinguió mediante la destreza instrumental y el sonido terso y fulgente, y la dirección meticulosa de Nan-se Gum mantuvo al solista y al conjunto en unión estrecha. Álvaro González, violonchelo principal, se destacó en un breve solo.

Philippe Quint recibió una ovación estruendosa y prolongada de los oyentes y complació, fuera de programa, con un brillante Capricho de su autoría.

Demás obras

El concierto de apertura se inició con Unificación de amigos. Las dos breves secciones de la pieza de Ho-jun Lee, compuesta para la celebración del Foro Asiático 2009, contrastan quietud y movimiento e incorporan sendas canciones representativas de Corea, Japón y China.

La obra demuestra una escritura ágil para las cuerdas y logra hermosos efectos de timbre e instrumentación, realizados con primor por el conjunto bajo la precisa conducción del maestro Gum.

Pasado el intermedio, el director y la OSN completa moldearon una lectura competente de la Sexta de Antonín Dvorák, que data de de 1880, composición que se oye con menor frecuencia y no alcanza la inspiración de la SéptimaOctava y Novena, obras maestras que culminan la producción sinfónica del gran músico bohemio.

En ocasiones noté cierta falta de equilibrio entre las secciones, con preponderancia de metales estridentes, quizá ocasionada debido a la mayor proyección sonora favorecida por los arreglos hechos últimamente a la concha acústica del Teatro Nacional.

Al concluir la obra, el público premió al maestro Nan-se Gum y la Orquesta Sinfónica Nacional con largos y entusiastas aplausos.

sábado, 27 de agosto de 2011

Festival de Cine de San Sebastián, y ya van 59
















FESTIVAL




Fecha: Viernes, Septiembre 16, 2011 – 09:00


Duración: 1 hora.


Información Contacto: 


Email: —


URL: http://www.sansebastianfestival.com/es/index.php


DESCRIPCIÓN:


Del 16 al 24 de septiembre tendrá lugar la 59ª edición del Festival internacional de cine de San Sebastián / Donostia zinemaldia. En esta ocasión el premio Donostia se lo llevará Glen Close, que además presentará su última película “Albert Nobbs”, de Rodrigo García

martes, 9 de agosto de 2011

Ciclo de Conciertos: Música de las tres culturas
















MÚSICA




Fecha: Jueves, Agosto 11, 2011 - 20:00

Duración: 1 hora.

Información Contacto: ---

Email: ---

URL: http://www.ayto-toledo.org

DESCRIPCIÓN:

Sede: MUSEO SEFARDÍ
Lugar: Toledo (TOLEDO)
CategoríaMúsica
Institución organizadora: Museo Sefardí (D.G. Bellas Artes y Bienes Culturales)

Claustro de San Pedro Mártir.

Ciclo de conciertos, organizado anualmente por el Ayuntamiento de Toledo, miscelánea de las músicas sefardí, cristiana y oriental, en lugares emblemáticos del casco histórico de la ciudad. El trío Sefarad o Aquitania son algunos de los componentes del programa de esta edición.

La entrada cuesta 12 €.